Yo soy la Iglesia

Yo soy la Iglesia

¡Comparte!

Yo soy la Iglesia.

Esta frase puede parecer presuntuosa para muchos, y estoy completamente de acuerdo con eso.

¿Quién se atrevería a decir que él o ella es la Iglesia?

¿Quién tiene la autoridad para reclamar representar todo el cuerpo de Cristo?

¡Nadie!

Sin embargo, no estoy hablando de la autoridad de la Iglesia, sino de la oportunidad de la Iglesia de estar presente en la vida.

Una vez, hace bastante tiempo, leí una historia sobre un sacerdote que fue a visitar a un hermano que yacía enfermo en una habitación de hospital. Era un hombre de 40 años, estaba muy enfermo y estaba a punto de comenzar la quimioterapia y la diálisis 24/7. Se había casado menos de un año antes, sin hijos.

Esto nos muestra que a menudo aparecemos en la vida de la gente en momentos muy cruciales, especialmente en el momento de la enfermedad. Este sacerdote ortodoxo  comenta que habló con el hombre, oró con él y por él. Le llevó la Santa Comunión y la Santa Unción. Habló con la familia, llegó a conocerlos, y vio la dinámica entre los miembros de esa familia. Fue testigo del amor que todos compartían por aquel hombre, comentaba. Vio sus esperanzas y su desesperación. Por cierto, esto es parte de la misión de ser un discípulo de Cristo –ya sea que seas sacerdote, pastor, diácono, o solo un miembro de tu congregación. Se trata de cuidar, y sobre todo de aparecer.

Luego, este sacerdote comentaba que un día, entre tratamientos, el hombre estaba despierto. En un momento de la conversación, le pidió a su esposa que se acercara a su cama, donde ya estaba. Él tomó su mano, y dijo: “Lo más importante en mi vida es la Familia y la Iglesia”. Finalmente, el sacerdote dice que en ese momento comprendió que –para ese hombre– en su mente él era la Iglesia.

Cuando leí esa historia, quedé impactado, y creo que esa es una revelación poderosa que me ha llevado a reflexionar a menudo desde entonces.

Cuando uno es cristiano, y es un representante de Cristo Jesús, sea cual sea el área en la que el Señor te puso, eso se convierte en una parte natural de nuestra identidad, muchas veces no nos damos cuenta de cómo la gente nos ve, o lo que representamos para ellos. Entender esto nos debe hacer humildes, más que traernos vanidad.

Mi punto de partida de este día es la clara realización de la misión de un cristiano y guía y consejero espiritual, que está conectada de manera simple y crucial a uno de los carismas de la Iglesia: la manifestación de Dios en la vida de alguien que trae consuelo y alegría.

La gracia ya está ahí, en nuestra participación en el sufrimiento de Cristo. Nuestra participación en la vida de la Iglesia nos ayuda a descubrir el potencial de la gracia de Dios en nuestro trabajo, en nuestro esfuerzo por ser colaboradores y obreros de Dios. Como escribió san Pablo: “En efecto, nosotros somos colaboradores al servicio de Dios; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios” (1 Corintios 3:9).

Más allá del sacerdocio o el pastorado, cuando el amor y el cuidado del cristiano se desarrollan en medio de la tragedia, ser la Iglesia es cumplir el deber del “sacerdocio real” (1 Pedro 2:9), y habitar las palabras del Evangelio. La famosa cita de Mateo 25:34-36 hace eco de esta certeza:

Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron”.

Entonces nos preguntamos: ¿Cuándo sucedió eso?

Pero sabemos la respuesta: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mateo 25: 40).

Lo que es interesante aquí es que Cristo está presente en ambas extremidades del espectro: Cristo está en el enfermo para el que lo visita, y Él puede ser el visitante para el que es visitado. El vínculo de amor en el momento de su encuentro se hace idéntico a la comunión que nos hace la Iglesia, el cuerpo de Cristo en el que el santo encuentro entre la humanidad y lo divino continúa la obra de la gracia en el mundo de hoy. El encuentro se convierte en un sabor del Reino. El encuentro se convierte en un sacramento en sí mismo, una plegaria en la cual la presencia de Cristo nos hace llegar a ser Iglesia y glorificar a la Santísima Trinidad.

Seguramente aquel hombre enfermo no se dio cuenta de lo que estaba escondido tras esa conversación tan corriente que tuve frente al sacerdote y su esposa.

Esta reflexión de hoy, es precisamente para que recordemos que somos la Iglesia y le damos densidad, realidad y sustancia al encarnar el mandamiento divino de Cristo (Juan 13:34-35)

Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.

¡Comparte!

About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es colaborador en Preemptive Love Coalition, y miembro de sociedades como: International Jacques Ellul Society, C.S. Lewis Society, Thomas Merton NYC, y The Thoreau Society. Actualmente, se encuentra exiliado en Argentina.

Entries by Jorge Ostos