Unas palabras sobre las Bienaventuranzas

Unas palabras sobre las Bienaventuranzas

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En las bienaventuranzas, el Señor nos indica las actitudes espirituales necesarias para alcanzar el reino de Dios. Son a la vez los frutos y los signos de una vida auténtica cristiana que permite desde este bajo mundo conocer la felicidad del siglo futuro.

Para crecer en la vida verdadera, uno necesita primero la humildad, la conciencia de sus pecados y de su propia impotencia si lucha contra ellos sin el auxilio de Dios. Esto es lo que se llama pobreza espiritual: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El estado opuesto, el de la satisfacción de sí mismo, es condenado por el Señor en la parábola del Fariseo y el Publicano (Lucas 18:10).

“Aquel que siente plenamente sus pecados vale más que aquel que resucite a los muertos,” y “aquel que llega a verse a sí mismo vale más que aquel que ha visto a los ángeles,” dice el santo obispo Isaac el Sirio.

El conocimiento de sí mismo y de sus pecados produce las lágrimas de arrepentimiento que lavan las transgresiones y dan consolación. Algunos santos han tenido el don de lágrimas que les hacía llorar sin cesar por sus pecados. Cuanto más luz tiene en el alma, tanto más el hombre ve claramente sus defectos y siente sus faltas más pequeñas.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. A los que lloran por sus pecados, conviene agregar aquí a los que lloran de compasión o de gozo espiritual.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Los que son pobres en espíritu, que se afligen por su indignidad, no juzgan a otros, perdonan las ofensas, éstos llegan a ser mansos. Pacientes y buenos, se encuentran bien en todas partes; se sienten en casa dondequiera, son los herederos. Viviendo con todos en paz, frecuentemente duran más que otras personas, pero su verdadero bien, su herencia, es la tierra nueva del siglo venidero, en donde no entran los que viven en hostilidad con otros.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Estos son, en primer lugar, los que desean que cada una de sus acciones sea de acuerdo con la voluntad de Dios, que tenga sentido y que toda su vida sea iluminada por la luz de lo alto. Son también los que desean que la justicia reine alrededor de ellos, que la hermosura de la justicia y de la verdad de Cristo triunfe en la familia, en la sociedad, en el país. Es a los que tienen hambre y sed de justicia que la humanidad entera, así como las naciones, deben los raros períodos de progreso moral que han conocido.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. En su parábola del Juicio Final (Mateo 25:31-46), el Señor habla de las obras de compasión, frutos del amor compasivo. El mismo demostró por sus milagros lo que es la misericordia. Es útil la misericordia a los que hacen bien, porque fortalece en ellos el amor del prójimo.

“Los pobres te hostigan, esto significa que la Bondad de Dios te persigue,” dijo el padre Juan de Cronstadt a un hombre justo. Los misericordiosos son también los que saben perdonar. El rencoroso, el vindicativo se atormenta a sí mismo, se encierra en la prisión de su propia iniquidad. Si no renuncia, no saldrá de esa prisión hasta que haya pagado aun la última blanca (Lucas 12:59). La última blanca significa aquí el único tributo que será requerido del hombre: el amor.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. El corazón indica aquí el fondo mismo de la persona humana. Es con el corazón que el hombre aprecia lo esencial y escoge lo que determina su vida.

El apóstol san Pablo deseaba que el Señor alumbrase los ojos del entendimiento de los efesios. Estos ojos del entendimiento (el corazón), son sobre todo nuestra conciencia moral. Es también por el corazón que conocemos la verdad y la hermosura: “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz, pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las tinieblas?” (Mateo 6:22-23).

La corrupción del hombre es tan profunda que se extiende hasta su corazón. El que cede constantemente al pecado cesa de saber distinguir claramente el bien del mal. Es por un esfuerzo constante sobre sí mismo ayudado por la gracia de Dios, sin la que no puede hacer nada, que el hombre obtiene finalmente la purificación de su corazón.

La pérdida permanente de la pureza del corazón es la muerte espiritual: al contrario, la salvación del hombre es una iluminación de su corazón. Dentro del corazón el hombre encuentra a Dios, pues es allí donde Dios envía su Espíritu (Gálatas 4:6). Es donde mora Cristo (Efesios 3:17), introduciendo su ley. Dios, que conoce los corazones, juzga a los hombres según la cualidad de su corazón: “Yo soy el que escudriña la mente y el corazón,” dice el Señor (Apocalipsis 2:23).

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Es bueno ser manso, pero vale más aún sembrar la paz alrededor de sí, pero esto es posible sólo a los que, dentro de sí mismos, ya han ido más allá del estado previo, el de la mansedumbre.

El gran santo ruso, Serafim de Sarof, decía: “Estando en paz contigo mismo, y alrededor de ti se salvarán millares de personas.” Y otro justo ruso, el padre Juan de Cronstadt escribía: “Sin paz y sin armonía con otras personas, no se puede tener ni la una ni la otra.”

Fuera de estas condiciones, nadie puede dar paz a otros. “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1 Corintios 14:33). “El es nuestra paz” (Efesios 2:14). Por eso sólo los pacificadores pueden ser llamados hijos de Dios. “Paz a vosotros,” decía Cristo y recomendaba a sus Apóstoles que saludasen así a todos. Igualmente los Apóstoles siempre decían a sus discípulos: “Sea con vosotros gracia, misericordia y paz,” (2 Juan 3; Judas 1-2), o sencillamente: “La paz sea contigo,” (3 Juan 16). Y también: “Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Romanos 1:8; 1 Corintios 1:3; 2 Corintios 1:2; Gálatas 1:3; Efesios 1:2).

Estas salutaciones apostólicas y estas palabras del Señor mismo pronunciadas particularmente durante su última conversación con sus discípulos dan testimonio de que la Paz de Cristo es un don del Espíritu Santo.

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”” (Mateo 5:11-12). Sufrir por causa de Cristo es el hecho más alto que el hombre puede cumplir. Negarle es el más bajo. “A cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negará delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:33).

El que niega a Cristo niega a Dios y todo lo que hay de auténtico en el hombre, porque el hombre verdadero es la Imagen de Dios que se reveló en Cristo en toda su pureza y su plenitud. Negar a Cristo es también negarse a sí mismo, y todo lo que es superior en uno, en otros términos, es un suicidio moral.

La mayor fidelidad que se puede mostrar al Señor es poner la vida por El, como el mayor amor que se puede manifestar a los hombres, es morir por causa de ellos. “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13).

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Certificado en Teología Espiritual (IFTI). Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es colaborador en Preemptive Love Coalition, y miembro de sociedades como: International Jacques Ellul Society, C.S. Lewis Society, Thomas Merton NYC, y The Thoreau Society. Actualmente, vive en Argentina junto a su esposa y publicista Erika Vari.

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