La salvación personal de Occidente (I)

La salvación personal de Occidente (I)

¡Comparte!

El catolicismo romano y el protestantismo, no son tan opuestos como muchos piensan.

En el protestantismo, tenemos una descendencia legítima, aunque muy insubordinada del latinismo. El protestantismo no restableció el cristianismo antiguo, solo trató de reemplazar la distorsión del cristianismo que vio en el catolicismo.

Muchos rasgos característicos de los enfoques de la salvación personal de los católicos romanos y protestantes, provienen del mismo trasfondo histórico.

La enseñanza radical de Agustín sobre el pecado original como el corazón de la teología occidental de la salvación personal.

Agustín de Hipona (354-430), quizás el escritor más importante del Occidente cristiano, fue obispo en el norte romano de África. La visión legalista de la salvación, que se ha convertido verdaderamente en una marca registrada de la cristiandad occidental, no habría sido posible sin su teología del pecado original que surgió de su famosa disputa con Pelagio, un asceta británico que vivió c. 350-425 y enseñó en Roma como un respetado predicador moral y comentarista bíblico.

La disputa comenzó con la publicación de las Confesiones de Agustín, una autobiografía que detalla sus primeras luchas espirituales. Pelagio y su círculo encontraron dos temas en esta obra particularmente objetables, y así comenzó una controversia que marcaría toda la vida posterior de Agustín, y le obligaría a elaborar una profunda y cuidadosa doctrina de la gracia que se volvería determinante para el catolicismo occidental.

Primero que nada, Agustín estaba exponiendo la idea de que en el hombre caído cualquier libertad dependiente para hacer el bien ha sido completamente aniquilada, a menos que la gracia venga en su ayuda. En muchos ejemplos de sus primeros días como cristiano, él parecía sugerir que su voluntad moral se volvió impotente frente a tantas dificultades, y solo pudo ser salvado cuando Dios vino en su ayuda y le dio la gracia salvadora para convertirse.

Pelagio contrarrestó esta visión “fatalista” de la salvación con una “optimista”, enfatizando su creencia de que, si bien Dios le dio gracia a los humanos, su gracia principal fue la libertad de elegir y responder. Aquellos que escogieron el camino de la bondad recibirían un estímulo adicional de Dios para progresar en la vida espiritual. Su enseñanza –aunque no se destacó inmediatamente como no ortodoxa– todavía estaba peligrosamente al borde de convertir al cristianismo en un culto simplista de “superación personal” moral, donde el pecado y la pecaminosidad fueron vistos únicamente como una cuestión de elección moral consciente.

Esta diferencia en los puntos de vista de Agustín y Pelagio sobre el proceso de la salvación estaba enraizada en su diferencia de puntos de vista sobre el pecado de Adán.

Agustín vio el pecado de Adán como una preferencia deliberada del orgullo humano por la ley de Dios que luego se convirtió en endémica para la raza humana. El pecado estaba en los huesos de la raza, por así decirlo, transmitido a la especie como un todo, casi como una infección. Como resultado, la capacidad de la raza humana para la libre elección moral estaba tan dañada que incluso el deseo de regresar a Dios debía ser provisto primero por la gracia preveniente de Dios.

Pelagio negó la herencia del pecado de Adán en los humanos. Enseñó que las personas nacen inocentes, con una naturaleza pura e incorrupta, al igual que la de Adán, pero caen en el pecado debido a su libertad moral, produciendo así su propia “versión” personal de la caída, de nuevo, igual que la de Adán, sin embargo, los efectos de esta caída pueden borrarse por completo a través del esfuerzo moral de uno. En opinión de Pelagio, la enfermedad y la muerte son características de esta naturaleza desde la creación, y no son las consecuencias del pecado original.

Eventualmente, San Agustín “ganó” la disputa, ya que el pelagianismo fue condenado en el Tercer Concilio Ecuménico. El Oriente ortodoxo se mantuvo en gran parte fuera de esta controversia, viendo la disputa como un asunto local de Occidente y a ambas teologías como extremos opuestos.

La enseñanza exageradamente negativa de Agustín sobre el pecado original y sus consecuencias para la libertad humana y la capacidad espiritual –claramente un teólogo no apoyado por el consenso patrístico– se convirtió en la enseñanza dominante y, finalmente, la doctrina de la Iglesia Occidental (Católica). El principal problema es que la noción occidental del pecado original compromete la meta espiritual del hombre, su theosis.

La ley romana y las costumbres seculares son la base de la teología occidental de la salvación personal

Desde los tiempos apostólicos, la Iglesia cristiana en Occidente se estaba desarrollando en la sociedad romana, altamente legalista, y sin duda tenía su huella.

La ley era el elemento principal de la cultura romana y definía todas sus relaciones familiares, sociales y estatales. La religión no era una excepción, era una de las aplicaciones de la ley. Al convertirse en cristiano, era desde este lado que un ciudadano romano trataría de entender el cristianismo: en él buscaba ante todo, la coherencia jurídica.

Una persona joven típica en el oeste medieval aprendería latín primero, antes que cualquier otra cosa. Y la forma en que se aprendía latín era a través del estudio de los mejores textos latinos disponibles. Esos serían típicamente los discursos de los mejores oradores, que invariablemente eran abogados de los tribunales. Entonces, antes de que uno estudiara los Evangelios, escritos en latín, ya habría estado inmerso en la terminología legal y en una forma de pensar legal durante años.

Así que sería natural para él comenzar a mirar los Evangelios como un abogado: el mundo como tribunal, con Dios como juez, hombre como acusado, demonio como acusador y Cristo como defensor. La ley dice que el castigo por el pecado es la muerte. Deseando defender al hombre, Cristo le dice al juez: no lo maten, mátenme en su lugar. Entonces, de acuerdo con esta imagen legal, Dios el Padre acepta matar a su Hijo en vez de a un hombre, y así perdonar al hombre.

Esta imagen simplista pero convincente (a nivel humano) también encajaría muy bien con las costumbres existentes en la sociedad occidental medieval. El concepto latino-protestante de la Redención como la venganza de la Divina Majestad, una vez ofendida por Adán, en Jesucristo surgió de la noción feudal de honor caballeresco, restaurable al derramar la sangre del ofensor.

En otras palabras, el pecado de Adán fue visto por el catolicismo romano medieval como una ofensa infinitamente grave contra Dios que causó Su ira, la cual, a su vez, se manifestó en la remoción del hombre del don sobrenatural de la gracia de Dios. El hombre se encontró en su condición “natural” original, es decir, no con su naturaleza dañada como resultado de su caída, sino que entró en desorden: la carne ahora dominaría sobre el espíritu, arrastrando al hombre más profundamente hacia el pecado y la muerte final. La enseñanza agustiniana antes mencionada sobre la propagación del pecado de Adán a toda la raza humana creció para significar el paso de la culpa infinita de Adán y Eva ante Dios a cada ser humano.

La dificultad subsiguiente relacionada con el lado objetivo de la salvación –si Cristo asumió la esencia pura, entonces no había nada que sanar, entonces ¿qué hizo Él entonces?– fue resuelto por la soteriología legal de la siguiente manera: Cristo trajo satisfacción a Dios el Padre por el pecado de Adán.

Aquí es importante enfatizar que en Occidente, el mismo concepto de pecado creció para significar “culpa” –un crimen, una violación de la ley– mientras que en la teología patrística, el pecado siempre se ve como una herida, un trauma: tu no justificas el pecado, lo sanas.

Por los pecados cometidos por un cristiano después su bautismo, es decir, la culpa adicional que no fue pagada por Cristo –Dios también necesita satisfacción. Entonces, ¿qué debe hacer un creyente para satisfacer a Dios?– o, ¿cómo se puede adquirir la salvación personal?

Aquí la mentalidad legal encontró apoyo en el hecho de que una de las analogías dominantes usadas en las Sagradas Escrituras cuando se habla de salvación es la del trabajo y la recompensa. Fácilmente comprensible en el nivel humano, esta visión proporcionaría inmediatamente a un cristiano occidental la consistencia jurídica de la teología de la salvación que él quería ver, lo que lo llevó a dejar de buscar cualquier otro fundamento de la soteriología cristiana. Hacer buenas obras se convirtió en el camino para que un creyente le dé satisfacción a Dios.

Esta visión –no-ortodoxa, no-patrística– de las buenas obras naturalmente condujo a distorsiones adicionales de la enseñanza cristiana en la Iglesia Católica Romana: lo más importante, el concepto de indulgencias, que puede acreditarse como la causa de la Reforma Protestante.

Habiéndose desarrollado en la misma sociedad occidental y teniendo el catolicismo romano legal como “padre”, el protestantismo fue incapaz de superar la visión “forense” de la salvación personal y la radicalizó: la diferencia entre la soteriología protestante (luterana) y la católica romana es que los católicos enseñan que Cristo trajo satisfacción a Dios el Padre solo por el pecado original, mientras que el protestantismo enseña que Cristo trajo satisfacción por todos los pecados de la humanidad. En cuanto a la salvación personal, se ofreció una variación del mismo concepto de recompensa: la salvación es tuya una vez que traigas a Dios tu fe en Cristo.

El escolasticismo medieval: reemplazando la fe con conocimiento

Hasta el siglo X, la teología, como un campo separado de aprendizaje, todavía no existía en Occidente. Todos los intereses teológicos giraban en torno al estudio de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, en los siglos XI-XII, la filosofía de Platón y Aristóteles se extendió en Occidente y estimuló el interés de la sociedad en la ciencia abstracta, que también se infiltró en asuntos teológicos.

El escolasticismo se desarrolló como un método de aprendizaje que ponía énfasis en el razonamiento dialéctico, con el propósito principal de resolver las contradicciones.

Aplicado a la teología cristiana, el escolasticismo buscó unir la revelación cristiana y la filosofía griega, la fe y el conocimiento. La revelación dio el material para la teología, mientras que la filosofía dio la forma. El escolasticismo no tocaría el contenido de la fe, ya sea correcto o no, y la trataría como la verdad absoluta. Su trabajo era procesar, asimilar, probar y ordenar el material dado por revelación.

El escolasticismo intentó responder a las preguntas planteadas por revelación:

¿Por qué Dios se hizo humano?

¿Cómo está Cristo presente en la Eucaristía? etc.

A la mente humana y a la lógica se les dio completa libertad para producir todo tipo de fórmulas dialécticas que explicaran y probaran cada punto de fe. El trabajo de la filosofía era presentar todas estas piezas en sus complejas interrelaciones, como un solo sistema teológico. Como resultado, las verdades de la revelación recibirían su base y explicación en la razón y la lógica humanas, y así se convertirían en el sujeto del conocimiento y no de la fe. La fe se estaba convirtiendo en conocimiento. Sin embargo, desde el principio, la Iglesia cristiana ha sabido que el mero conocimiento sobre Dios no significa la comunión con Dios. El diablo conoce a Dios mejor que cualquier teólogo, pero eso no lo salva.

El escolasticismo contaminó la teología con una gran cantidad de asuntos mundanos y, a veces sin sentido, presentados en detalles insoportables. La brillantez y el ingenio de la respuesta a menudo pisotearon la esencia teológica de la pregunta. Así, la escolástica ayudó a elevar una multitud de enseñanzas incorrectas desde una forma embrionaria o una opinión privada hasta el nivel de dogma.

En general, la regla de la escolástica levantó la forma de la teología por encima de su contenido y se convirtió en la puerta para la comprensión de la enseñanza dogmática de la Iglesia. La fe viviente real –así como cualquier cosa que no se ajustara a los modelos escolásticos– era rechazada.

Los siglos XIII y XIV son generalmente vistos como el período de escolástica más elevado. En el siglo XIV, la escolástica evolucionó hacia un formalismo oscuro y vacío. En la esfera moral, la escisión académica del cabello incluso se utilizó para justificar crímenes.

La escolástica murió a principios del siglo XVI, pero dejó una huella duradera en la teología occidental. En particular, produjo una serie de nuevos dogmas relacionados con la salvación dentro de la Iglesia Católica Romana.

Tres de esos nuevos dogmas, el resultado de un intento de “sistematizar” el dogma de la redención, adquirieron una importancia capital en la teología católica romana: los méritos de los santos, las indulgencias y el purgatorio. Los dos primeros en esta lista son el resultado de una escolástica que lleva al extremo el concepto de amor mutuo y ayuda entre los miembros de la Iglesia: los méritos de uno (un santo) podrían imputarse a otro, con la Iglesia siendo una “institución financiera” natural para controlar estas “transacciones”. El deseo de la mente escolástica de “concretar” la cuestión del destino de aquellos que murieron en arrepentimiento pero aún no habían traído frutos de ello produjo el concepto del purgatorio, donde uno le está pagando a Dios con sufrimientos temporales.

En la era moderna, a la escolástica se le debe acreditar la existencia de decenas de miles de denominaciones protestantes que discrepan entre sí en términos de doctrina, ya que todos son bienvenidos para analizar los hechos “científicos” presentados en la Biblia y construir su propia teoría “científica” de la salvación basada en ellos.

Los Santos Padres nunca tuvieron la actitud de que todo en la enseñanza cristiana podía ser analizada y resuelta. Muchas preguntas quedaron “sin resolver”. Una respuesta honesta a otra pregunta “difícil” (una que llevó a Calvino a presentar su teología de la predestinación) –”¿Por qué creó Dios a aquellos quienes sabía que elegirían el pecado?” – es: no tenemos la plenitud de la revelación al respecto.

Continuará…

Ya estaré publicando la segunda parte de esta entrada, en continuación de este serie.


Traducido y editado por Jorge Ostos, basado en un escrito de Victor Klimenko.

¡Comparte!

About Jorge Ostos

Jorge es escritor y traductor. Ha traducido obras de reconocidos autores como Craig Keener, Michael Bird, Juan Martínez. Escribe sobre diversos tópicos como espiritualidad, cristianismo oriental, vida cristiana, entre otros. Es amante de la lectura y la música. Su última publicación fue «Más Humano, Más Espiritual» (Kerigma, 2017).
Junto a su esposa Erika Vari, reside actualmente San Juan, Argentina.

Entries by Jorge Ostos

Leave a Reply

¡Se el primero en comentar!

Notifícame
avatar