Salvación objetiva y subjetiva: Una introducción

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Salvación objetiva y subjetiva: Una introducción

Salvación objetiva y subjetiva:

Llamamos a Cristo mismo nuestro “Salvador” y en nuestro Símbolo de Fe confesamos nuestra creencia en “Un solo Señor Jesucristo… Quien por nosotros los hombres y para nuestra salvación descendió de los cielos y se encarnó del Espíritu Santo y la Virgen María, y se hizo hombre, y fue crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato, y sufrió, y fue sepultado… “. Con estas palabras, la Iglesia ortodoxa enseña que la salvación de la raza humana se logra mediante el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, que dijo acerca de sí mismo: “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28, Marcos 10:45).

¿Por qué llamamos a Cristo “el Salvador”?

Del mismo modo, también podemos preguntar: ¿qué es la salvación? ¿Salvación de qué? Si estamos hablando de la salvación, alguien debe estar en peligro. Las respuestas que da la Iglesia Ortodoxa a estas preguntas están ligadas a la enseñanza ortodoxa sobre el “pecado” y sus consecuencias. La doctrina del pecado tiene un gran significado en la cosmovisión cristiana, porque sobre ella descansa toda una serie de otros dogmas.

Desde el principio, las enseñanzas de la Iglesia han sido que la naturaleza del hombre estaba profundamente corrompida como resultado de la caída. Adán y Eva pecaron violando el orden de Dios y rompiendo su conexión con Dios, quien solo es la Vida. La ruptura de esta comunión con Dios puede consumarse solo en la muerte, porque nada creado puede continuar indefinidamente a existir por sí mismo. Así, por la transgresión del primer hombre, el principio del pecado entró en el mundo y por medio del pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres [Romanos 5:12]. Nuestra la naturaleza se dañó y se dislocó por completo. Nuestra mente, corazón y cuerpo, entraron en conflicto entre sí. Heredamos esa naturaleza dañada, con su predisposición al pecado. Ese pecado primero es entendido por la teología ortodoxa como una inclinación pecaminosa que ha entrado en la humanidad y se ha convertido en su enfermedad espiritual.

Con la transgresión del mandamiento, el principio del pecado entró inmediatamente en el hombre -” la ley del pecado”-, golpeó la naturaleza misma del hombre y rápidamente comenzó a enraizarse en él y desarrollarse… Las inclinaciones pecaminosas en el hombre han tomado la posición reinante; el hombre se ha convertido en el siervo del pecado (Romanos 6:7). Tanto la mente como los sentimientos se han oscurecido en él, y por lo tanto su libertad moral a menudo no se inclina hacia el bien, sino hacia el mal. Este daño fue transmitido a los descendientes [de Adán] y pesa sobre ellos. No somos culpables del pecado de Adán (como lo dice la soteriología occidental) pero aún tenemos que lidiar con sus consecuencias, ya que afectó a toda la humanidad.

Esta comprensión del pecado de Adán como un daño tiene implicaciones profundas para nuestra comprensión de lo que Cristo ha hecho por nosotros, porque de lo contrario uno podría preguntarse: ¿por qué un Dios de amor no podía simplemente perdonar el pecado de Adán? ¿Por qué Cristo tenía que venir? La respuesta Patrística a esto es que ese “daño original” no puede ser “perdonado”, ¡solo puede ser curado! Adán y Eva se arrepintieron, sin embargo, “el arrepentimiento [no] recuerda a los hombres lo que es de acuerdo a su naturaleza; todo lo que hace es hacer que cesen de pecar” (San Atanasio el Grande,” Sobre la Encarnación).

Cristo no nos convirtió en seres sin pecado, ya que todavía hay pecado en el mundo. Él nos liberó del poder del pecado, de la predisposición al pecado que el hombre no pudo revertir por sí mismo. Los Santos Padres dicen que Cristo asumió la naturaleza perfecta (de Adán antes de la caída) pero con todas las deficiencias (aflicciones) causadas por la caída.

“La esencia Divina, como sin carne, no participa en el sufrimiento. Pero ya que fue Su Cuerpo el que se vio sometido a todos estos sufrimientos, decimos que la Palabra estaba sufriendo por nosotros, porque Él quien es sin pasiones estaba en un cuerpo sufriente “(San Cirilo de Alejandría).

Cristo restauró nuestra esencia humana en Sí mismo. Jesucristo, al unir a la humanidad y a Dios en su propia persona, reabrió para nosotros los humanos el camino hacia la unión con Dios. En Su propia persona, Cristo mostró cuál es la verdadera “semejanza a Dios”, y mediante su sacrificio redentor y victorioso, puso esa semejanza una vez más a nuestro alcance. Así es como la Iglesia siempre ha entendido la salvación que nos ha dado Jesucristo.

Sin embargo, la palabra “salvación” se usa en las Escrituras con dos significados diferentes.

En la predicación de los Apóstoles, especialmente digno de atención es el hecho de que precisamente nos enseñan a distinguir entre la verdad de la salvación de la humanidad como un todo, que ya se ha logrado, y otra verdad: la necesidad de una recepción personal y la asimilación del don de la salvación por parte de cada uno de los fieles, y el hecho de que esta última salvación depende de cada uno. Porque por gracia has sido salvado por la fe, y esto no es obra tuya; es el regalo de Dios, escribe el apóstol Pablo en Efesios 2:8; pero también enseña: trabaja tu propia salvación con temor y temblor en Filipenses 2:12.

Nuestra salvación objetiva se realizó solo en el sacrificio de Jesucristo, mientras que nuestra salvación personal o subjetiva, que en el lenguaje del Nuevo Testamento se llama “justicia” moral, “santidad” o “salvación” (en el sentido estricto), se realiza como una continuación de esta salvación objetiva, con nuestra actividad personal actuando en cooperación con la Gracia Divina.

Desde una visión ortodoxa, es la enseñanza de la salvación personal (subjetiva) la que estaré desarrollando en esta serie.


Traducido y editado por Jorge Ostos, basado en un escrito de Victor Klimenko.

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y traductor. Ha traducido obras de reconocidos autores como Craig Keener, Michael Bird, Juan Martínez. Escribe sobre diversos tópicos como espiritualidad, cristianismo oriental, vida cristiana, entre otros. Es amante de la lectura y la música. Su última publicación fue «Más Humano, Más Espiritual» (Kerigma, 2017).
Junto a su esposa Erika Vari, reside actualmente San Juan, Argentina.

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