No soy culpable del pecado de Adán y Eva

No soy culpable del pecado de Adán y Eva

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La verdad es que personalmente creo que no soy culpable del pecado de Adán y Eva.

El amor es el corazón y alma de la teología de los antiguos Padres y de la Iglesia Ortodoxa.

Los antiguos Padres de la Iglesia, tanto orientales como occidentales, compartían la misma perspectiva: la humanidad anhela la liberación de la tiranía de la muerte, el pecado, la corrupción y del diablo; que es sólo posible por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

Sólo, el advenimiento compasivo de Dios en la carne podía lograr nuestra salvación, porque, sólo Él podía conquistar estos enemigos de la humanidad.

Es imposible para la Ortodoxia imaginar la vida afuera del amor global y gracia del Dios que vino, Él sólo, para rescatar su creación caída.

Para los Padres de la Iglesia Ortodoxa, la teología se trata todo del amor.

Los padres ortodoxos

Por dominante que el término pecado original se haya vuelto, puede ser una sorpresa para muchos, saber que era desconocido tanto en la Iglesia Oriental como la Occidental hasta la época de Agustín (354-430).

El término aparece por primera vez en la obra de Agustín. Anterior a esto los teólogos de la Iglesia primitiva usaron una terminología distinta que indicaba un modo distinto de pensar sobre el tema de la caída, sus secuelas  y la respuesta de Dios. El término utilizado por los Padres griegos para describir la tragedia en el Jardín del Edén fue: pecado ancestral.

Pecado ancestral tiene un significativo específico.

La palabra griega para el pecado, en este caso (amartema) se refiere a un acto individual. Con ella los Padres griegos asignaron responsabilidad por el pecado del Jardín sólo a Adán y a Eva. La palabra amartía, el término más común para el pecado significa literalmente “no dar en el blanco” y se usa en referencia a la condición común de la humanidad.

La Iglesia Ortodoxa a diferencia de la Occidental, nunca habla del paso de la culpabilidad de Adán y Eva a sus descendientes, como hizo Agustín. Al contrario, se considera a cada individuo responsable sólo por la culpa de sus propios pecados.

La pregunta que surge entonces es: ¿En qué consiste la herencia de Adán y Eva a la humanidad, si no es la culpa? Los Padres ortodoxos responden unánimes: la muerte (1 Corintios 15:21). El hombre nace con el poder parasitario de la muerte dentro de si.

Nuestra naturaleza, como enseña san Cirilo de Alejandría, se hizo “enferma… por el pecado de uno”.

Entonces, para los padres ortodoxos no es la culpa lo que pasa a la humanidad sino la condición, la enfermedad.

En nuestro pensamiento ortodoxo, Adán y Eva fueron creados con una vocación: unirse progresivamente a  Dios en su capacidad para compartir su vida divina (la deificación). En el siglo II, Teófilo de Antioquía postuló que Adán y Eva no fueron creados inmortales. Fueron creados con la capacidad de llegar a serlo por su obediencia.

La libertad para obedecer o desobedecer les correspondía a nuestros antepasados más antiguos, porque Dios los hizo libres. Aferrarse a la vocación divina les traería vida, rechazarla les traería la muerte, pero no por la mano de Dios. Si ellos hubiesen guardado el mandamiento de Dios, hubiesen sido premiados con la inmortalidad. Pero al desobedecer a Dios se volvieron a las cosas de la muerte, y así vino la causa de su propia muerte.

Adán y Eva desobedecieron el mandamiento de no comer del árbol prohibido, rechazando a Dios y a su vocación de manifestar la plenitud de la existencia humana. Así, la muerte y la corrupción comenzaron su reino sobre la creación (Romanos 5:21).

En esta imagen la muerte y la corrupción no provienen de Dios; ni las creó ni las pretendió. Dios no es autor del mal. La muerte es la consecuencia natural de darle la espalda a Dios.

Adán y Eva fracasaron por la tentación que aflige a toda la humanidad: ser autónomos, determinar su propio camino, realizar la plenitud de la existencia humana sin Dios.

Según los Padres ortodoxos, el pecado no es una violación de una ley impersonal o código de comportamiento, sino un rechazo a la vida ofrecida por Dios. Este es el blanco al cual se refiere la palabra amartía. La vida humana caída  es, más que nada, la falta de realizar el potencial dado por Dios a la existencia humana,  que es, como escribe san Pedro para que “lleguen a tener parte en la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).

En el pensamiento ortodoxo, Dios no amenazó a Adán y Eva con castigos ni necesariamente se enojó u ofendió por su pecado. Dios, más bien, fue movido a compasión. La expulsión del Jardín y separación del árbol de la vida fue un acto de amor y no de venganza para que la humanidad no se hiciera inmortal en el pecado.

Así comenzó la preparación para la Encarnación del Hijo de Dios y la solución que sólo podía rectificar la situación; es decir, la destrucción de los enemigos de la humanidad y de Dios: la muerte, el pecado, la corrupción y el diablo.

La solución

Es el Segundo Adán: Jesucristo, quien realiza la vocación original y se invierte así la tragedia del primer Adán, abriendo paso a la salvación de todos.

La caída no destruyó la imagen de Dios. El gran obsequio regalado a la humanidad quedó intacto, aunque dañado. La imagen de Dios quedo enterrada como en un pozo atascado con escombros. Mientras que la obra salvífica es conseguida por Dios por medio de Jesucristo, la extracción de los escombros que esconden la imagen en nosotros requiere de nuestra libre y voluntaria cooperación. San Pablo utiliza el termino sinergia, o colaboración, (1 Corintios 3:9) para describir la cooperación entre la gracia divina y la libertad humana.

La salvación es un proceso involucrando a la fe, la libertad y esfuerzo personal para cumplir el mandamiento de Cristo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente… Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-39).

Debido a la victoria de Cristo en la cruz y en la tumba la humanidad ha sido liberada, la maldición de la ley se ha revocado, la muerte es asesinada y la vida ha amanecido para todos. La muerte de Cristo en la cruz es el dictamen de sentencia del juicio y por esto podemos regocijarnos en que en el Cristo crucificado se ofrece el perdón y se da la vida. Para la humanidad ya no es asunto de temer el juicio o de merecer la salvación sino de recibir el amor con esperanza y humildad.

El legado de Agustín

La piedad y devoción de Agustín son en gran parte indiscutidas por teólogos ortodoxos, pero sus conclusiones sobre la expiación, sí lo son.

Agustín, como él mismo reconoció, nunca aprendió a leer griego correctamente y esto se volvió un estorbo para él. Parece haber dependido mucho de traducciones latinas de los textos griegos.  Su mala interpretación de un texto clave (Romanos 5:12) sirve de ejemplo.

En el latín el modismo griego ef ho que significa porque fue traducido como en el cualDecir quetodos han pecado en Adán es distinto a decir que todos han pecado a causa de Adán. Agustín creó y enseñó que la humanidad había pecado en Adán. El resultado es que la culpabilidad reemplaza a la muerte como la herencia ancestral. Por ende, el termino pecado original evoca la creencia que el pecado de Adán y Eva es no sólo la primera transgresión sino también la universal en la cual participa toda la humanidad.

Agustín, notoriamente discutió con Pelagio (354-418) sobre el lugar del albedrío humano en la salvación. Agustín adoptó la opinión contraria a él que sólo la gracia es salvífica, sola gratis.  A partir de esto, se desarrolló una doctrina de predestinación (Dios otorga la gracia a quien quiere) que se fortaleció en los siglos XVI y XVII con la doctrina de la doble predestinación (Dios en su soberanía salva algunos y condena a otros). La doctrina de la Iglesia de los primeros siglos sobre la imagen y sobre el libre albedrío fue abandonada.

La justicia de Agustín

La idea romana de la justicia cobró prominencia con Agustín y la teología tardía occidental. La idea de que Adán y Eva ofendieron la infinita justicia y honor de Dios hizo de la muerte el método divino de retribución. Pero esta idea de la justicia se desvía mucho del pensamiento bíblico.

Kalómiros explica el significado de la justicia en el griego original del Nuevo Testamento:

La palabra griega dikaiosuni  ‘justicia’, es una traducción del hebreo tsedaka. La palabra significa ‘la energía que salva al hombre.’ Es paralela y casi sinónima con la palabra hesed que significa ‘misericordia’, ‘compasión’ , ‘amor’ y con la palabra emeth que significa ‘fidelidad’, ‘verdad”.  Esto es todo contrario al entendimiento jurídico de ‘la justicia’.

El punto de vista jurídico genera dos problemas para Agustín.

Primero: ¿cómo se puede entender la mutabilidad de amor a ira del Dios inmutable?

Segundo: ¿Cómo puede Dios, quien es bueno, ser el autor de un mal como la muerte?

La única forma de responder  a esto, como hizo Agustín al joven obispo Julián de Eclano, es que la justicia de Dios es inescrutable.

Lógicamente, pues,  la justicia proporciona prueba de la culpabilidad para Agustín, porque, como toda la humanidad sufre el castigo de la muerte y como el Dios justo no puede castigar a los inocentes, luego todos son culpables en Adán. Por semejante razonamiento, la justicia parece  ser  un criterio al cual Dios es obligado. ¿Puede Dios ser mutable o sujeto a cualquier criterio o necesidad?

Por contraste, el padre ortodoxo, San Basilio el grande, atribuye el cambio de actitud, no a Dios sino a la humanidad. Por los cimientos teológicos echados por Agustín y tomados por sus herederos, la conclusión parece ser inevitable que un cambio radical ocurre en Occidente haciendo de la ira de Dios, y no de la muerte, el problema enfrentado por la humanidad.

¿Cómo, pues, pudo ser la ira de Dios aplacada?

La enseñanza de la Iglesia antigua no tenía respuesta  porque sus adeptos no veían a la ira como problema. La Teoría de la Satisfacción, propuesta por Anselmo de Canterbury (1033-1109) en su obra  Cur Deus Homo ofrece la respuesta predominante en Occidente. Pues, el pecado de Adán ofendió y enojó a Dios haciendo justificable el castigo de la muerte sobre toda la humanidad.

El antídoto para esta situación es la crucifixión del Hijo encarnado de Dios porque sólo el sufrimiento y muerte de un ser eterno podía satisfacer la ofensa al Dios infinitamente deshonrado y aplacar su ira. Dios sacrifica a su Hijo para restaurar su honor y pronunciar el sacrificio suficiente. La idea de la rectitud imputada nace de aquí.

Así, el entendimiento ortodoxo de que la resurrección por Cristo, abre para la humanidad el camino del amor que es más fuerte que la muerte, es reemplazado en Occidente por una teoría jurídica de juzgados y fallos.

La imagen de un Dios iracundo y vengativo atormenta al Occidente donde existe una profunda inseguridad y culpabilidad. Muchos hasta aparentan mantener que la enfermedad, el sufrimiento y la muerte son la voluntad de Dios. ¿Por qué? Sospecho que una razón es porque en lo más profundo persiste la creencia de que Dios está todavía iracundo y tenemos que aplacarlo.

Sí, en efecto, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte llegan y, cuando llega la gracia de Dios los transforma en tribulaciones vivificantes, pero ¿son o no la voluntad de Dios? ¿Castiga Dios cuando le da la gana, cuando nuestro comportamiento le disgusta o por ninguna razón? ¿Las enfermedades que  afligen a la creación, vienen de Dios?

Por ejemplo, ¿pudiéramos decir que el sufrimiento del Hijo le dio gusto al Padre o el de los condenados en el infierno?

Freud se rebeló en contra de tales ideas, llamando a tal dios un padre sádico. ¿Pudiera ser que el ateísmo moderno es una rebelión  sana en contra de una deidad terrorista como proponen muchos teólogos? Kalómiros propone que no existen ateos, que sólo son gente que odian al dios en que han sido enseñados a creer.

La Ortodoxia concuerda con que la gracia es un obsequio, pero un obsequio ofrecido a todos, no sólo a un grupo selecto.

La gracia de Dios, sostiene toda la creación aparte de la cual no existe nada (Salmo 104:29). Además, aunque la gracia sostiene a la humanidad, la salvación no se puede forzar ni retener por decreto divino. Clement puntualiza que los Padres orientales (y algunos occidentales), pusieron  énfasis en la salvación por medio del amor: Dios todo lo puede, pero no puede forzar que un hombre lo ame. El obsequio de la gracia salva, pero sólo en un encuentro de amor. La teología ortodoxa mantiene que la gracia divina sólo opera junto con el albedrío humano.

Implicaciones prácticas

En términos sencillos, se puede decir que la Iglesia Ortodoxa tiende hacia un modelo terapéutico que considera el pecado como enfermedad, mientras que la Iglesia de Occidente tiende hacia un modelo jurídico que ve al pecado como un fallo moral.

Para la primera, la Iglesia es un hospital de almas, el ruedo de la salvación donde, por la gracia de Dios los fieles pasan de gloria en gloria a la unión con Dios, en un esfuerzo común de gracia y albedrío humano.

Para la segunda, sea que la Iglesia es considerada esencial, importante o arbitraria, el modelo del pecado como fallo moral se basa en la elección divina y adherencia a códigos morales y éticos como corrector del pecado y garante de fidelidad. Si es autoridad eclesial o conciencia individual que impone el código, el resultado es lo mismo.

Sin duda, el concepto de la salvación como proceso no es ausente en Occidente. Un ejemplo son los místicos occidentales y el movimiento wesleyano por ejemplo. A pesar de esto, los fundamentos teológicos subyacentes de las Iglesias oriental y occidental tocante al pecado ancestral u original siguen dramáticamente opuestos.

La distinción es obvia cuando se refiere al entendimiento mismo de la ética. Para la Iglesia occidental la ética parece implicar exclusivamente la adherencia a un código externo; para la Iglesia oriental la ética implica la restauración de la vida a la plenitud de libertad y amor en Dios.

En la Ortodoxia solemos insistir en el proceso y la meta, más que en el pecado. Un sagaz sacerdote ortodoxo serbio, comentó que Dios se preocupa más por el rumbo de nuestras vidas que por los específicos.  De hecho, las Escrituras apuntan a la maravillosa verdad que “Si tú, Señor, tomaras en cuenta los pecados, ¿quién, Señor, sería declarado inocente?” (Salmo 130:3-4)

El camino esta abierto para quien lo quiera emprender.

La muerte ha provocado un cambio en el modo en que nos relacionamos con Dios, con cada uno  y con el mundo. Nuestras vidas son dominadas por la lucha por sobrevivir. Nos vemos no como personas compartiendo una naturaleza y destino común sino como individuos autónomos que vivimos para sobrevivir cada uno en competencia con el otro.

Así que,  echados a la deriva por la muerte, estamos enajenados de Dios, de los otros y particularmente de nosotros mismos. El Señor Jesucristo  nos habla de eso, diciendo, “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (Mateo 16:25).

La salvación

La salvación es una transformación del trágico estado de enajenación y autonomía que termina en la muerte hacia un estado de comunión con Dios y con los demás que termina en la vida eterna. Tal que, en la perspectiva ortodoxa, una transformación en el modo de vivir necesita ocurrir. Si los llamados son salvados por decreto y no por libre albedrío, tal énfasis es irrelevante. Un juzgado aparece insuficiente para servir como un estadio de curación y transformación.

Se requiere una gran flexibilidad para el cuidado pastoral si se quiere promover transformación auténtica. Códigos morales y éticos sirven de referencia, seguramente, pero no como fines en sí mismos.

Cada paso es un paso verdadero. Si logramos ser fieles en pequeñeces, el Señor nos dará luego, cosas más grandes (Mateo 25:21). No deberá haber prisa en este proceso íntimo de verdadera transformación que nunca termina.

El mensaje de la Iglesia para la humanidad dañada y degradada por el “Dios terrorista de ética jurídica” consiste precisamente en esto: Lo que pide Dios del hombre no son ni proezas individuales ni obras de mérito sino un grito de confianza y amor desde lo profundo. El grito viene de lo profundo de nuestra pobreza a lo insondable profundo del amor divino; el hijo pródigo gritando “¡Quiero regresar a casa!” al Padre, quien viéndolo caminando de una lejanía corrió a arrojársele al cuello (Lucas 15:11-32).

Lo que producirá esta relación divina/humana sólo Dios lo sabe, pero nos ponemos en sus amables manos y no sin alguna angustia porque Dios es un fuego amable… para todos: tanto los buenos como los malos.

El entendimiento que la salvación es un proceso hace entendibles nuestros fracasos. La enfermedad que nos aflige requiere de acceso a la gracia divina constante y repetidamente. A Él, ofrecemos lo único que tenemos, nuestra endeble condición y voluntad. Junto con el amor y la gracia de Dios, son el combustible alentado por el Espíritu de Dios, que prende fuego al alma.

Como hemos visto , para los padres antiguos y para la Iglesia Ortodoxa, la expiación es mucho más que un ejercicio divino en jurisprudencia; es el resultado de la vida, muerte y resurrección del Hijo de Dios que nos libera del pecado ancestral y de sus secuelas. Nuestro avasallamiento a la muerte, pecado corrupción y al diablo es destruido por la cruz y resurrección.

La salvación es mucho más que un fallo del alto; es un proceso infinito de transformación de la autonomía a la comunión, un ascenso paulatino de gloria en gloria por el cual retomamos nuestra vocación original ahora realizada en Cristo. El camino hacía el árbol de la vida –revelado a ser la cruz– se reabre, y sus frutos que son el Cuerpo y la Sangre de Dios se ofrecen a todos.

El objetivo es mucho más grande que un cambio en comportamiento; fuimos creados para ser como Cristo, a su Santa y Perfecta imagen.

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es colaborador en Preemptive Love Coalition, y miembro de sociedades como: International Jacques Ellul Society, C.S. Lewis Society, Thomas Merton NYC, y The Thoreau Society. Actualmente, se encuentra exiliado en Argentina.

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