Naturaleza del amor al prójimo

Naturaleza del amor al prójimo

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En el día de hoy quiero comentar algunas cosas sobre el amor cristiano al prójimo. Concretamente, voy a desarrollar cuatro características de este amor: su universalidad, su carácter histórico y concreto, su horizonte a la vez actual y escatológico y, finalmente, lo que cabe calificar como su humanidad.

Como estudiante de Teología Espiritual, y siendo ésta el enfoque principal y común en mis escritos, las características que mencionaré a continuación, tienen el mismo enfoque y su objetivo es siempre el enriquecimiento de la vida y la experiencia espiritual del cristiano.

La universalidad

El amor en la vertiente que mira hacia el prójimo implica amar precisamente porque Dios ama y, por tanto, a todo lo que Dios ama, es decir, a la totalidad de los seres a los que Dios ha creado.

El amor cristiano no puede estar limitado por razón alguna, ni de cultura, ni de parentesco, ni de raza, ni de afinidad o simpatía, sino que ha de extenderse a todo ser humano, y ello no de manera genérica, sino real y efectiva. De ahí que tenga, como piedra de toque de su autenticidad, precisamente el amor a quien el ser humano, desde una perspectiva meramente natural o sociológica, no se sentiría impulsado a amar; es decir, al enemigo.

Ustedes han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y, si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen esto hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto. (Mateo 5:43-48).

Carácter histórico y concreto

Pero si el amor cristiano implica amar todo lo que Dios ama, sin poner límites a esa amplitud, implica también amar como Dios ama y, por tanto, con verdad y con hondura, con una disposición del espíritu que, partiendo del núcleo interior de la voluntad, se manifiesta en obras concretas e históricamente situadas, como nos recuerda San Juan y Santiago:

“Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad.” (1 Juan 3:17-18)

Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tiene con qué vestirse y carece del alimento diario, y uno de ustedes le dice: «Que le vaya bien; abríguese y coma hasta saciarse», pero no le da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. (Santiago 2:14-17)

Este debe ser el objetivo en referencia a situaciones individuales como colectivas, ya que un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son hombre ni sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo.

Actual y escatológico

Implica, además, amar desde la perspectiva desde la que Dios ama; es decir, con un amor que atiende no sólo a cada ser humano es hoy y ahora, sino también e inseparablemente, a lo que, por vocación divina, está llamado a ser.

No es por eso un amor que se queda en lo material o en lo inmediato, sino que sabe abrir horizontes amplios, dar a conocer a Dios y situar ante Dios. Ni un amor dulzón o condescendiente, sino un amor que sabe impulsar y, si la ocasión lo reclama, exigir. Ni tampoco un amor que, situado ante la realidad del mal y del pecado, se encoge y se deja dominar por el rechazo que el mal provoca, sino un amor que es capaz de comprender y de perdonar, reconociendo y promoviendo la capacidad de bien que, más allá de su caída, hay siempre en quien ha caído.

Su humanidad

Se trata, finalmente, de un amor que, precisamente por fundamentarse en el amor de Dios, ha de caracterizarse –aunque, a primera vista, pueda parecer paradójico– por su humanidad.

Radicado en el amor de Dios y en el amor a Dios, el amor cristiano al prójimo está llamado a ser un amor verdadero, auténtico, que se dirige a la persona como tal persona, distinguiendo y amando a cada persona en su concreción y singularidad. Dicho con otras palabras, amar a los demás por Dios es algo radicalmente distinto a ver en los demás una mera ocasión para amar a Dios. Pensar o hablar así sería falsificar el amor cristiano.

Amar a los demás por Dios, es amarles verdaderamente y en concreto, como verdaderamente y en concreto Dios los ama. Por eso el amor cristiano no destruye las relaciones y afectos humanos, ni aniquila la capacidad de ternura y de cariño, sino que asume todas las dimensiones y manifestaciones de lo que implica amar, purificándolas, si fuera el caso, de la escoria que pueda introducir el egoísmo, y por tanto llevándolas a perfección.

Estas cuatro características del amor al prójimo que he mencionado están fundamentadas en el amor a Dios. Nuestra misión es amar a Dios por sobre todas la cosas, y amar al prójimo con el mismo amor con que Dios les ama.

Es nuestra meta hoy y ahora. ¿Estás dispuesto/a a seguirla?

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Certificado en Teología Espiritual (IFTI). Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es colaborador en Preemptive Love Coalition, y miembro de sociedades como: International Jacques Ellul Society, C.S. Lewis Society, Thomas Merton NYC, y The Thoreau Society. Actualmente, vive en Argentina junto a su esposa y publicista Erika Vari.

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