Los Siete Concilios Ecuménicos

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Los Siete Concilios Ecuménicos

Este es la tercera entrada de una serie sobre la Tradición, Historia, Concilios, entre otros.

Continuando la serie, en esta ocasión haré un análisis detallado pero breve de los Siete Concilios Ecuménicos.


A principios del siglo IV se desarrolló una controversia sobre la relación exacta entre Cristo el Hijo con Dios el Padre, que dio comienzo a un gran período de discusiones sobre la Trinidad. El momento de este debate y las repercusiones se dejaron sentir en todo el mundo romano (que en ese momento comprendía los territorios en torno al Mediterráneo). La unidad y las definiciones compartidas sobre la doctrina tuvieron una máxima prioridad en la Iglesia en cuanto Constantino I legalizó el cristianismo dentro del Imperio romano.

Ya había habido antes discrepancias en el seno de la Iglesia, pero solían resolverse en concilio locales. Ahora que la Iglesia reconocía al emperador y que la jerarquía eclesiástica administrativa estaba vinculada a cinco sedes principales o patriarcados, surgió la necesidad de convocar concilios universales, cuyas decisiones serían aceptadas por toda la Iglesia.

Primer Concilio Ecuménico

Constantino I presidió el primer concilio ecuménico, celebrado en Nicea, en el año 325, en respuesta a las enseñanzas de un sacerdote alejandrino llamado Arrio.

Debido a la interpretación literal de la Escritura o a que quería preservar la completa trascendencia de Dios Padre, Arrio enseñó que Cristo el Hijo era inferior a Dios Padre. En una de las cartas de Arrio que han llegado hasta nosotros, Arrio escribió: “el Hijo, engendrado por el Padre, creado y fundado antes de los tiempos, no existía antes de ser engendrado”. En otras palabras, aunque fue creado por el Padre incluso antes del comienzo de los tiempos, Cristo no existía coeternamente con Dios; hubo un tiempo en que no existía.

Alejandro, obispo de Alejandría, que parece haber sido el primer eclesiástico en criticar las enseñanzas de Arrio, se sirvió de pasajes del evangelio de Juan para demostrar que el Padre y el Hijo son inseparables y un solo ser. Afirmó que, al proponer una división entre Dios Padre e Hijo, Arrio estaba sugiriendo que Cristo era simplemente una criatura. Si ese era el caso, ya no representaba un vínculo entre la humanidad y la divinidad; y así, no tenemos ninguna oportunidad de salvación por Cristo.

En el concilio de Nicea, los obispos reunidos idearon una fórmula para expresar la divinidad de Cristo y su unidad con Dios. Se tomó prestado de la filosofía griega un término, homoousios, que puede traducirse como “de igual esencia”, para expresar la unidad indisoluble entre el Padre y el Hijo.

El credo niceno enfatiza el ser coeterno e increado de Cristo Palabra: “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, homoousios del Padre”.

Segundo Concilio Ecuménico

De acuerdo con los relatos históricos y teológicos escritos justo después de Nicea, algunos obispos que firmaron las actas del concilio seguían sin estar muy conformes con la expresión homoousios. Este término podía entenderse de varias formas, pero lo más preocupante era que representaba una novedad, al no partir de las definiciones puramente eucarísticas de Cristo.

El debate se resolvió en el segundo concilio ecuménico de Constantinopla, en el año 381, cuando se confirmaron las decisiones de Nicea y acogió el término homoousios.

Sumado a esto, debido a la enseñanza que estaba promoviendo Macedonio quien rechazaba la divina el Espíritu Santo. Macedonio enseñaba que el Espíritu Santo no es Dios y que además estaba al servicio de Dios Padre y del Hijo de Dios como lo estaban los Ángeles.

En este caso, los padres capadocios ayudaron a defender la divinidad del Espíritu Santo frente a esa nueva enseñanza que estaba cuestionando la igualdad de estatus del Espíritu junto al Padre y al Hijo, en la Trinidad.

El creo enmendado, que se acordó en el segundo concilio ecuménico, en el año 381,contenía una definición más extensa sobre el Espíritu Santo: “Creo… en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”.

Entre los teólogos que más contribuyeron al desarrollo de la doctrina en el siglo IV en Oriente estaban Atanasio y los tres padres capadocios, Basilio de Cesarea, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno.

Tercer Concilio Ecuménico

Este fue el debate sobre las dos naturalezas de Cristo, partiendo de las dos escuelas: la de Antioquía y la de Alenjandría.

Todo comenzó cuando Nestorio, un monje antioqueno, predicó contra el uso del término Theotokos, “que da a luz a Dios”, para la Virgen María, argumentando que dio a luz a Cristo encarnado, no a Dios. Nestorio estaba reaccionando probablemente contra un floreciente culto a la virgen en ese momento, pero también basó sus argumentos en las enseñanzas cristológicas que había asimilado en Antioquía.

La escuela antioquena de teología interpretaba las Escrituras desde un punto de vista literal, destacando la humanidad de Jesucristo, y la realidad de su existencia histórica. Cuando Cirilo, el enérgico obispo de Alejandría, escuchó las opiniones de Nestorio, comenzó a escribir cartas a importantes figuras de Constantinopla, así como al propio Nestorio.

Cirilo estaba formado en la escuela alejandrina de teología, que tradicionalmente enfatizaba la divinidad de Cristo como Palabra o Logos de Dios. Mientras que Nestorio deseaba mantener la doble naturaleza de Cristo, salvaguardando su verdadera humanidad, Cirilo comenzó desde la posición de la unidad, argumentando que las naturalezas divina y humana son inseparables en el Hijo de Dios. Pasajes como “la Palabra se hizo carne” (Juan 1:14) y “yo y el Padre somos una sola cosa” (Juan 10:30) justifican la idea de que la virgen María o Theotokos, dio verdaderamente a luz a Dios, pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne. (No confundir con la Divinidad, sino que se refiere a que Jesús no es un hombre que se hizo Dios después, sino Dios que se hizo hombre; es decir, nació siendo Dios).

El emperador Teodosio II convocó el tercer concilio ecuménico, celebrado en Éfeso en 431, con el fin de resolver la disputa. En él, se mantuvo el título de Theotokos para la virgen, esto debido a la realidad de las dos naturalezas inseparables y en perfecta armonía de Jesucristo.

Cuarto Concilio Ecuménico

El Monofisismo es una creencia que afirma para Cristo una sola naturaleza divina (Monos=Solo y Physis=Naturaleza).

Dióscoro, patriarca de Alejandría y el abad Eutiques sostenían la opinión de una sola naturaleza en Cristo, una especie de fusión de las dos naturalezas o más bien de absorción de la naturaleza humana por la divina.

Este concilio se celebró en Calcedonia en el año 451 presidido por el obispo Anatoli de Constantinopla. El papa León I fue representado por 2 obispos.

Las decisiones tomadas en este concilio representan una obra maestra del compromiso ecuménico en la historia de la Iglesia. La definición calcedónica de doctrina cristológica tuvo éxito, al adaptar las divergentes teologías de Antioquía, Alejandría y Roma.

Después de condenar las herejías de Eutiques, la asamblea decretó, como verdadera, la enseñanza que en nuestro Señor Jesucristo existen dos naturalezas, una divina, porque es Dios verdadero que ha nacido en la eternidad del Padre; y otra humana pues se encarnó por obra del Espíritu Santo en el cuerpo de la Virgen María, sin confusión, sin cambio, sin división ni separación unidas en una sola persona y en una sola hipóstasis, cada uno de las cuales se conserva entera y sin alteración después de la unión, con sus propiedades respectivas.

Quinto Concilio Ecuménico

En un esfuerzo por la reconciliación y evitar los cismas, finalmente, el emperador Justiniano convocó un quinto concilio ecuménico, en Constantinopla, en el año 553, que registró tales compromisos en su formal definición de fe. En esta ocasión, la idea primordial, más que señalar nuevas doctrinas que iban contra la doctrina de siglos de la Iglesia, era escuchar y buscar la unión y reconciliación.

El Concilio confirmó las enseñanzas de la Iglesia con respecto a las dos naturalezas de Cristo (divina y humana), y las otras doctrinas tratadas en concilios anteriores.

Sexto Concilio Ecuménico

Sergio, entre los años 610 y 638, propone la doctrina “monoteleta”, la cual esperaba que presentara suficientes concesiones para unir de nuevo a las diferentes iglesias monofisitas. De acuerdo a las enseñanzas monoteletas, Cristo tiene dos naturalezas pero una sola voluntad divina.

Aunque esta nueva fórmula parece haber funcionado durante algún tiempo, permitiendo el acuerdo de varios obispos para buscar así la unión, dos destacados teólogos bizantinos, un monje llamado Máximo el Confesor y Sofronio, patriarca de Jerusalén, se pronunciaron en contra de ella.

Esta doctrina del monotelismo fue finalmente abandonada y oficialmente rechaza en el sexto concilio de Constantinopla, celebrado en el 680-681.

Séptimo Concilio Ecuménico

La búsqueda imperial de la unidad de la Iglesia en general fue considerada irrelevante por la inesperada pérdida de la mayor parte del Próximo Oriente y del Norte de África en manos de los musulmanes. Evento que debe ser conocido para entender mejor lo sucedido en este concilio.

Quedaba por debatir un asunto de dimensiones cristológicas: la defensa (no aprobación, como si fuera una doctrina novedosa en la época) de las santas imágenes en el siglo VIII, en respuesta a una leyes iconoclastas imperiales.

En el siglo VIII, una serie de emperadores, comenzando con León III (717-741), introdujeron una ley de “iconoclastia” (contra los íconos) basándose en que la Iglesia estaba cayendo en prácticas idolátricas.

Esto, no puede ir separado del contexto histórico:

A principios del siglo VIII, una combinación de invasiones y usurpaciones de los musulmanes, ayudó a crear un caos y una inseguridad en Oriente. Los historiadores han discutido mucho tiempo sobre la razón que tuvo León III para decidir introducir la iconoclastia.

León III estaba apoyado por un lobby poderoso dentro de la iglesia, que se oponía a la devoción de las imágenes, a la que consideraba una vuelta a las prácticas idolátricas precristianas. También es muy probable, quizá obvio, que el contacto en esta época con musulmanes, judíos y una secta herética llamada paulicianos contribuyera a la creencia por parte del emperador, de que el arte religioso contravenía el segundo mandamiento.

La utilización de íconos transportables y la decoración de iglesias con imágenes de Cristo y de otras figuras como apóstoles, eventos bíblicos, etc., pareció, a ojos de León y sus seguidores, que contravenía el segundo mandamiento de la ley de Dios (Éx. 20:4). Aunque los argumentos en pro y en contra de las imágenes religiosas se centraban en primer lugar en la acusación de idolatría, luego empezaron a moverse en el ámbito de la doctrina cristológica.

Los iconoclastas, tal como sabemos por los textos escritos por ellos que han llegado hasta nosotros, acusaron a los defensores de imágenes de incurrir en las herejías nestorianas (ver Tercer Concilio) y monofisita (Ver Cuarto Concilio). Afirmaban que, al fabricar un icono de Cristo, se es culpable de separar su naturaleza humana de su naturaleza divina (nestorianismo) o de confundir las dos (monofisismo).

Los defensores de las imágenes, acusaciones iconoclastas. Juan de Damasco, un monje del monasterio de San Sebas, cerca de Jerusalén, pudo escribir a salvo desde los territorios islámicos a principios del siglo VIII sobre el asunto de las imágenes de la Iglesia. Juan defendía los iconos basándose en varios campos, utilizando la tradición eclesiástica, la cristología calcedoniana e incluso la filosofía para proponer sus argumentos.

El séptimo y último concilio, se celebró en Nicea en el año 787, reunió un enorme dossier escriturístico y patrístico en defensa de los íconos, argumentando básicamente que su veneración no podía ser equiparada con la idolatría, a la luz de la encarnación de Cristo y la inauguración del reino de Dios.


En la próxima entrada, estaré hablando sobre el Gran Cisma de Oriente y Occidente.

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es traductor de Publicaciones Kerigma. Escribe sobre diversos tópicos como espiritualidad, cristianismo oriental, vida cristiana, entre otros. Es amante de la lectura y la música. Junto a su esposa Erika Vari, reside actualmente San Juan, Argentina.

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