Las buenas obras y fe

Las buenas obras y fe

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Hablemos sobre las buenas obras y la fe:

“Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo.” (Mateo 5:16)

La semana pasada hice una publicación sobre el Pecado Original, y allí hablé sobre la culpabilidad del pecado de Adán y Eva. En esa misma línea, hoy vamos a hablar sobre las buenas obras y la fe.

Dos extremos

La vieja disputa continúa; cada una de las partes de la contienda se ha aferrado a su posición y no tienen intención de ceder ni una pulgada. Aunque la Iglesia católica romana mantiene una posición de que en la salvación son importantes y necesarias tanto la fe como las obras, muchos teólogos y laicos católicos por querer atacar la doctrina de la Sola Fide de los protestantes, arremeten con una salvación basada solo por las obras. Esto ha dado campo a muchos protestantes a contraatacar por ese lado. Como prueba de lo acertado de su concepto, éste grupo de católicos romanos citan aquellos pasajes de la Escritura que hablan sobre la necesidad de las buenas obras; por ejemplo:

“Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica” (Efesios 2:10) “Este mensaje es digno de confianza, y quiero que lo recalques, para que los que han creído en Dios se empeñen en hacer buenas obras. Esto es excelente y provechoso para todos” (Tito 3:8)

Rechazando esta doctrina, los protestantes enseñan, que todos se salvan solamente por los méritos del Salvador. Los dones del perdón de los pecados y la vida eterna son obtenidos únicamente por la fe, la que es totalmente suficiente para la salvación. No existe la necesidad de las buenas obras ni el crecimiento o la perfección moral: Tan solo cree, y serás salvos. Para probar lo cierto de su concepto, ellos citan, entre otros textos, las siguientes palabras del Apóstol Pablo:

“Por tanto, nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley; más bien, mediante la ley cobramos conciencia del pecado. Pero ahora, sin la mediación de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, de la que dan testimonio la ley y los profetas. Esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen. De hecho, no hay distinción, pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó. Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia. Anteriormente, en su paciencia, Dios había pasado por alto los pecados; pero en el tiempo presente ha ofrecido a Jesucristo para manifestar su justicia. De este modo Dios es justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe en Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál principio? ¿Por el de la observancia de la ley? No, sino por el de la fe. Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige.” (Romanos 3:20-28)

También podemos citar:

“Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por estas nadie será justificado.” (Gálatas 2:16)

Debido a que ambas partes encuentran sustento en la Santa Escritura, ¿Quién tiene la razón? Un cristiano común que escuche los argumentos de ambas partes, hasta puede llegar a dudar sobre la veracidad de la Sagrada Escritura. Puede pensar que quizá los Apóstoles no comprendieron plenamente la enseñanza de Cristo, o que fueron incapaces de expresar Su enseñanza con suficiente claridad, o también que quizá el contenido de las Escrituras fue distorsionado por agregados heréticos posteriores. Tal opinión fue sostenida por Martín Lutero y otros teólogos protestantes, quienes disputaban la autenticidad de la epístola del apóstol Santiago y la epístola a los Hebreos, basados en el hecho de que hablan más definidamente sobre la necesidad de las buenas obras, que en el resto de los libros del Nuevo Testamento.

Aclarando términos

En realidad, no hay contradicciones en este tema en las Escrituras. Toda la disputa entre los teólogos occidentales se da en torno de un malentendido, por cuanto, la cuestión de la salvación desde una esfera espiritual y moral, es reducida a un simple nivel de categorías jurídicas formales. La salvación llegó a ser comprendida, no como la renovación de un alma pecaminosa, y adquisición de la rectitud, sino más bien como el resultado del cumplimiento del hombre de determinadas condiciones o buenas obras (como en los católicos romanos) o fe (como en los protestantes). Entonces, si el hombre viola las condiciones requeridas, no puede ser salvo. De hecho, la salvación o perdición del hombre es el resultado del estado moral de su alma. El Paraíso no es simplemente un lugar, sino también un estado o condición del alma que ha sido renovada. Cristo no vino a la tierra para llevarnos a mejores condiciones de vida, sino para renovarnos espiritualmente, para sanarnos de la corrupción del pecado, para restaurar en nosotros la belleza de la imagen de Dios, y a hacernos hijos de Dios.

“Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (1 Corintios 5:17)

Debido a que la condición moral de un alma depende de la inclinación de su voluntad, el hombre debe esforzarse en corregir su corazón (cf. Lucas 17:20; Mateo 11:12). Es por eso que la doctrina de la salvación no puede ser observada desde un plano de hizo-no-hizo. La salvación debe ser vista como un proceso espiritual, llevada a cabo por la gracia de Cristo con la activa participación de quien está siendo salvado. En algunas personas este proceso se completa bastante rápido, como por ejemplo, en el sabio ladrón que se arrepintió en la cruz, mientras que en otras toma lugar lenta e indirectamente. Además, lo que se requiere espiritualmente para uno u otro individuo, es igual al nivel de perfección espiritual, que cada uno pueda alcanzar en forma individual; esto es evidente en las parábolas de las semillas y los talentos (Mateo 13:1-23; Mateo 25:14-30). Para evitar cualquier contradicción o confusión, debemos tener en claro su terminología: específicamente cuando se refiere a obras, y cuando se refiere a la fe. En aquellos textos referentes a la justificación por la fe que son citados por los protestantes, las palabras del Apóstol Pablo no son dirigidas contra las buenas obras, como tal, sino contra las obras de la ley.“Las obras de la ley” es un término muy específico, por el cual San Pablo se refiere al ritual y al aspecto ceremonial de la Ley Mosaica: sus sábados y festejos, la circuncisión, sus abluciones y ritos de purificación, su escrupulosa distinción entre la comida limpia y la inmunda, y finalmente toda su sobrecargada estructura de costumbres étnico-religiosas que se había construido. Los judíos, habiéndose alimentado de “las obras de la ley” desde la lactancia de sus madres, veían a su religión no como una fuerza de renacimiento moral, sino el conjunto de prescripciones que debían ser estrictamente observados para merecer la justificación ante Dios. Cuanto más cumple uno las obras de la ley, tanto mayor será la recompensa en proporciones meramente aritméticas. Así emergió esa mentalidad utilitarista y mercantilista contra la que San Pablo constantemente batallaba. Cuando se trataba de buenas obras como expresión de una viva fe en Dios, San Pablo no solo que no las rechazaba, sino que por el contrario, a menudo exhortaba a los cristianos a llevarlas a cabo diligentemente. Por ejemplo, él escribía:

“Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo.” (Romanos 10:10) “Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe.” (Gálatas 6:10) “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.” (Efesios 2:10) “Este mensaje es digno de confianza, y quiero que lo recalques, para que los que han creído en Dios se empeñen en hacer buenas obras. Esto es excelente y provechoso para todos.” (Tito 3:8) “En conclusión, ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios.” (1 Corintios 10:31)

El Apóstol Santiago lo asevera más categóricamente:

“Así que comete pecado todo el que sabe hacer el bien y no lo hace.” (Santiago 4:17)

Por lo tanto, cuando hablamos acerca de las “buenas obras”, hacemos una distinción substancial respecto de las “obras de la ley”, las cuales, ciertamente, en el cristianismo han perdido todo significado. Primero, las buenas obras no pueden ser cuantificadas ni medidas. Su valor no radica en su número sino en la dedicación con la que son realizadas. Por ejemplo, la pequeña moneda de la viuda pobre tuvo más valor ante los ojos de Dios, que las grandes sumas que los ricos donaban al tesoro del Templo (Marcos 12:44). Además, la misma obra puede ser considerada como buena o mala, dependiendo de la intención con que sea hecha. El fariseo de la parábola del Evangelio, pasó mucho tiempo en ayuno y oración, no obstante, no obtuvo ningún beneficio de ello porque actuaba solamente para presumir de sus buenas obras frente a los demás; en cambio, Ana la profetiza adquirió el Espíritu Santo mediante su ayuno y oración (cf. Lucas 2:36). Los sectarios que rechazan los ayunos y oraciones de la Iglesia como si fuesen innecesarios, deberían de percatarse del hecho de que esa recta mujer, mediante sus obras de abstinencia y oración, obtuvo la gracia de Dios incluso en aquel tiempo en que la gracia aún no era accesible a los hombres, ya que el Espíritu Santo aún no había descendido sobre los Apóstoles (cf. Juan 7:39).Finalmente, el valor de las buenas obras no radica tanto en las obras mismas, como en la manifestación de las buenas cualidades del hombre, sus virtudes. Existe una determinada correlación que aquí cabe señalar. Cada “obra” (acción) que el hombre hace deja una determinada huella perceptible en su alma, ya sea positiva o negativa. Una actividad más o menos constante del hombre, gradualmente lo hace virtuoso o depravado. Por eso es importante realizar buenas obras, aunque más no sea que para adquirir buenos hábitos (cf. Romanos 12:12; 1 Timoteo 4:16). Por esta razón el Evangelio dice, “Benditos son los que padecen… Benditos son los que en verdad tienen hambre y sed de rectitud… Benditos son los misericordiosos… Benditos son los que hacen la paz” lo que significa que, felices serán aquellos, que permanentemente hacen el bien.

Aclarando la esencia del concepto de la fe

Hablando de la necesidad de la fe, las Sagradas Escrituras entienden bajo ese término, no solamente un reconocimiento abstracto y teórico de determinadas verdades de la religión, sino el consentimiento voluntario de someterse a Dios. En otras palabras, la fe contiene un elemento activo de determinadas actividades positivas, y en todas aquellas partes de las Sagradas Escrituras, en las que se habla de la fe salvadora, siempre encontramos determinados actos. Aún en nuestra vida cotidiana, los ingenieros no son apreciados tanto por sus conocimientos teóricos, como por su capacidad de aplicar esos conocimientos en la práctica. De igual manera, Dios espera de nosotros no una fe abstracta, sino una fe viva y activa. Es interesante notar que el mero conocimiento de la verdad religiosa, sin un modo de vida consecuente, no solamente no beneficia al hombre, sino que le infiere una condenación aún mayor; como dijo Cristo:

“El siervo que conoce la voluntad de su señor, y no se prepara para cumplirla, recibirá muchos golpes.” (Lucas 12:47; cf. Romanos 2:13)

Y así, la fe cristiana debe incluir un sincero deseo de volverse diferente y mejor persona para el servicio de Dios y el prójimo. Esto exige un esfuerzo interior, un auto análisis, arrepentimiento, un cambio de modo de vida, para que así nuestra fe brille con luz resplandeciente, “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo” (Mateo 5:16).

Entonces, ¿hacia dónde debemos esforzarnos?

La pregunta de que si el hombre se salva por la fe o por las obras, está planteada de manera equivocada, porque la salvación del alma no puede ser separada de su condición moral y espiritual. El Hijo de Dios vino a la tierra con el propósito de restaurar en el hombre la armonía entre sus pensamientos, sentimientos y actos, y así unirlo nuevamente a Él. Por eso, la fe no se puede contraponer a las obras; por que ambas deben ser una sola, como el alma y el cuerpo de un ser humano vivo. Cuanto más virtuosamente vive el hombre, tanto más fortalece su fe, y cuanto más fortalece su fe, más recta será su vida: ambas se fortalecen entre sí.Dios no necesita, ni la simple aceptación de Su existencia ni un desempeño mecánico de determinados actos. Él nos ama tanto que ofreció a su Hijo Unigénito en sacrificio para nuestra redención. ¿Qué puede ser mayor que semejante amor? Corresponde a nosotros responder a Dios no a medias, sino con todo nuestro amor, incluyendo corazón y vida. Para sintetizar la esencia del cristianismo, San Pedro el Apóstol les escribe a los creyentes que de acuerdo con poder divino se nos ha otorgado todas las cosas necesarias para la vida y la piedad, para que así nosotros, poniendo en ello todo el empeño, mostremos en nuestra fe, virtud; en la virtud, sensatez; en la sensatez, abstención; en la abstención, paciencia; en la paciencia, piedad; en la piedad, amor fraternal; en el amor fraternal, amor. Porque si estas cosas están en nosotros, e incrementan, entonces no nos faltará el fruto de conocer a nuestro Señor Jesucristo.

¿Cómo puede uno templarse sin ayunar?

¿Como puede ser caritativo sin dar ayuda al necesitado?

Claramente, un alma virtuosa presupone una vida virtuosa. Quien no posee eso está ciego, cerró los ojos, olvidando de qué manera fue lavado de sus antiguos pecados (2 Pedro 1:9). Este breve pasaje instructivo merece la atención por el hecho, que combina los elementos más importantes del cristianismo: esfuerzo personal con la ayuda de la gracia de Dios y una vida virtuosa con favorables cambios del alma. Ciertamente, todo esto requiere tiempo y paciencia, como enseña el Apóstol Pablo (Gálatas 6:9-10; Romanos 12:11). Cualquier cristiano que no se esfuerce por corregir su corazón, está desperdiciando la gracia recibida. Como dijo nuestro Señor que quien no estaba con Él, contra Él está; y el que con Él no recoge, desparrama (Mateo 12:30). San Pablo sintetizó bellamente la disposición la cual debemos conservar permanentemente en nosotros:

“Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!… No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio. Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes” (Filipenses 4:4-9).

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es traductor de Publicaciones Kerigma. Escribe sobre diversos tópicos como espiritualidad, cristianismo oriental, vida cristiana, entre otros. Es amante de la lectura y la música. Junto a su esposa Erika Vari, reside actualmente San Juan, Argentina.

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