El Misterio del Conocimiento

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El Misterio del Conocimiento

El hombre siempre se ha sentido fascinado por muchas cosas –la vida, la muerte, el origen del mundo– y sus descubrimientos en otros campos del conocimiento le han dado la confianza de suponer que algún día estos misterios cederán también al poder de su intelecto. Tal orgullo mental, sin embargo, solo puede alejarnos de la verdad, que es el objetivo y la base de todo el conocimiento verdadero.

¿Cómo se adquiere ese conocimiento? Esto trae a mi mente un ensayo del renombrado teólogo serbio Archimandrita Justin Popovich, en el que destila los escritos de San Isaac el Sirio sobre la teología ortodoxa del conocimiento. En pocas palabras, explica que debido a que la comprensión del hombre se oscureció a través del pecado, al relacionarse con el mal, se volvió incapaz de un conocimiento verdadero.

El hombre puede llegar a este conocimiento solo cuando su alma (la sede del entendimiento) se cure. Esto es posible por medio de las virtudes, y la virtud principal en este proceso de recuperación es la fe.

“Por la fe, la mente, que antes estaba dispersa entre las pasiones, está concentrada, liberada de la sensualidad y dotada de paz y humildad de pensamiento… Es por la ascesis de la fe que un hombre conquista el egoísmo, va más allá de las cadenas del yo y entra a una nueva realidad trascendente que también trasciende la subjetividad”. En secciones separadas, el padre Justin discute la oración, la humildad, el amor y la gracia, todos los acompañantes necesarios de la fe, antes de llevar al lector al “Misterio del conocimiento”, lo cual brevemente comentaré a continuación.

Según la enseñanza de San Isaac el Sirio, hay dos tipos de conocimiento: el que precede a la fe y el que nace de la fe (por cierto de esto hablo en el Prefacio de mi libro “Más Humano, Más Espiritual”). El primero es conocimiento natural e implica el discernimiento del bien y el mal. El último es un conocimiento espiritual y es “la percepción de los misterios”, “la percepción de lo que está escondido”, “la contemplación de lo invisible”.

También hay dos tipos de fe: la primera viene a través de la audición y está confirmada y probada por la segunda, “la fe de la contemplación”, “la fe que se basa en lo que se ha visto”. Para adquirir conocimiento espiritual, un hombre primero debe liberarse del conocimiento natural. Este es el trabajo de la fe. Es por la ascesis de la fe que llega al hombre ese “poder desconocido” que lo capacita para el conocimiento espiritual. Si un hombre se deja atrapar en la red del conocimiento natural, le es más difícil liberarse de él que desechar los lazos de hierro.

Cuando un hombre comienza a seguir el camino de la fe, debe dejar de lado de una vez por todos sus viejos métodos de conocimiento, ya que la fe tiene sus propios métodos. Entonces el conocimiento natural cesa y el conocimiento espiritual toma su lugar. El conocimiento natural es contrario a la fe, porque la fe, y todo lo que proviene de la fe, es “la destrucción de las leyes del conocimiento”, aunque no de espiritual, sino de conocimiento natural.

La principal característica del conocimiento natural es su enfoque mediante el examen y la experimentación. Esto es en sí mismo “un signo de incertidumbre acerca de la verdad”. La fe, por el contrario, sigue una forma pura y simple de pensamiento que está muy lejos de toda astucia y examen metódico. Estos dos caminos conducen en direcciones opuestas. La firma de la fe son los pensamientos como de niños y la sencillez de corazón (véase Col. 3:22): Excepto que se conviertan y se vuelvan como niños pequeños, no entrarán en el reino de los cielos (Mateo 18:3). El conocimiento natural se opone a la simplicidad del corazón y a la simplicidad del pensamiento. Este conocimiento solo funciona dentro de los límites de la naturaleza, pero la fe tiene su propio camino más allá de la naturaleza.

Cuanto más se dedica un hombre a las formas del conocimiento natural, más se apodera del miedo y menos puede liberarse de él. Pero si sigue la fe, es inmediatamente liberado y “como hijo de Dios, tiene el poder de hacer uso libre de todas las cosas”. El hombre que ama esta fe actúa como Dios en el uso de todas las cosas creadas, porque a la fe se le da el poder de “ser como Dios al hacer una nueva creación”.

La fe a menudo puede “sacar todas las cosas de la nada”, mientras que el conocimiento no puede hacer nada sin la ayuda de la materia. El conocimiento no tiene poder sobre la naturaleza, pero la fe tiene tal poder. Armados con fe, los hombres han entrado en el fuego y han apagado las llamas, sin haber sido tocados por ellos. Otros caminaron sobre las aguas como en tierra firme. Todas estas cosas están “más allá de la naturaleza”; van en contra de los modos de conocimiento natural y revelan la vanidad de tales modos.

La fe se mueve por encima de la naturaleza. Las formas de conocimiento natural gobernaron el mundo durante más de 5.000 años, y el hombre fue incapaz de levantar su mirada de la tierra y comprender el poder de su Creador hasta que nuestra fe surgió y nos liberó de las sombras de las obras de este mundo y de una mente fragmentada. Al que tiene fe no le faltará nada, y, cuando no tiene nada, todo lo posee por la fe, (Mateo 21:22; Filipenses 4:6).

Las leyes naturales no existen para la fe. San Isaac enfatiza esto muy fuertemente: Todo le es posible al que cree (Marcos 9:23), porque para Dios nada es imposible… Pasar los límites de la naturaleza y entrar en el reino de lo sobrenatural se considera que está en contra de la naturaleza, como algo irracional e imposible… Sin embargo, este conocimiento natural, según San Isaac, no es la culpa. No debe ser rechazado. Es solo que la fe es más alta de lo que el conocimiento es. Este conocimiento solo debe ser condenado en la medida en que, por los diferentes medios que utiliza, se vuelva en contra de la fe. Pero cuando este conocimiento se combina con la fe, volviéndose uno con ella, vistiéndose en sus ardientes pensamientos, cuando adquiere alas de desapego, entonces, usando otros medios que no sean naturales, se eleva desde la tierra hacia el reino de su Creador, en lo sobrenatural.

Este conocimiento se cumple por la fe y recibe el poder de “elevarse a las alturas”, percibirlo que está más allá de toda percepción y ver el brillo que es incomprensible para la mente y el conocimiento de los seres creados. El conocimiento es el nivel desde el cual un hombre asciende a las alturas de la fe. Cuando alcanza estas alturas, ya no la necesita, (1 Corintios 13:9-10). La fe nos revela ahora la verdad de la perfección, como si estuviera ante nuestros ojos. Es por fe que aprendemos lo que está más allá de nuestro alcance, por fe y no por investigación y el poder del conocimiento.

Hay tres modos espirituales en los que el conocimiento sube y baja, y mediante el cual se mueve y cambia. Estos son el cuerpo, el alma y el espíritu… En su nivel más bajo, el conocimiento sigue los deseos de la carne y se refiere a sí mismo con riquezas, vanagloria, vestimenta, reposo de cuerpo y la búsqueda de la sabiduría racional. Este conocimiento inventa las artes y las ciencias y todo lo que adorna el cuerpo en este mundo visible. Pero en todo esto, tal conocimiento es contrario a la fe. Se lo conoce como “mero conocimiento”, ya que está privado de todo pensamiento divino y, por su carácter carnal, trae a la mente una debilidad irracional, porque en ella la mente es superada por el cuerpo y toda su preocupación es por las cosas de este mundo. Está envanecido y lleno de orgullo, ya que refiere todo buen trabajo a sí mismo y no a Dios. Lo que el Apóstol dijo, el conocimiento envanece (1 Corintios 8:1).

La fe presenta una nueva forma de pensar, a través de la cual se efectúa todo el trabajo de conocer en el hombre creyente. Esta nueva manera de pensar es humildad… es por humildad que sana y se completa el intelecto… El hombre humilde es la fuente de los misterios de la nueva era.

Es verdad, el conocimiento espiritual, vinculado con la humildad, trae a la perfección el alma de quienes lo han adquirido, como se ve en Moisés, David, Isaías, Pedro, Pablo y todos aquellos que, dentro de los límites de la naturaleza humana, fueron contados como dignos de este conocimiento perfecto.


Ideas tomadas del Padre Justin Popovich.

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