El debate del Filioque

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El debate del Filioque

Este artículo es a petición de Josue Fonseca.

Los ortodoxos creen sobrada y apasionadamente que la doctrina de la Santa Trinidad no es un mero tema de teología abstracta, reservado exclusivamente para los sabios instruidos, sino que representa una importancia viva y práctica para todo cristiano.

La persona humana, según nos enseña la Biblia, está creada a la imagen de Dios, y para los cristianos Dios significa la Trinidad: por lo tanto, solamente a la luz del dogma de la Trinidad podremos entender quiénes somos y qué es lo que quiere Dios que seamos. Nuestras vidas privadas, nuestras relaciones personales, y todos los planes que proyectamos para crear una sociedad cristiana dependen de la doctrina correcta de la Trinidad.

Recordemos lo siguiente:

Dios es personal, es decir, Trinitario.

Este Dios que actúa no es solamente Dios de energías, sino que es Dios personal. Cuando los seres humanos participan en las energías divinas, no es que se sientan abrumados por un poder vago y anónimo, sino que se encuentran con una persona, cara a cara. Y es más: Dios no es una sola persona, contenido en los confines de Su propio ser, sino una Trinidad de tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de los que cuales cada uno ‘mora’ en los otros dos, en virtud de un movimiento continuo de amor. Dios no es solamente unidad, sino también unión.

A los que se hayan formado en otras tradiciones a veces les cuesta trabajo aceptar el énfasis que ponen los ortodoxos en la teología apofática y en la distinción entre la esencia y las energías; separando estos dos puntos, la doctrina de los ortodoxos acerca de Dios concuerda con la de la gran mayoría de los que se llaman cristianos: los no-calcedonianos y los luteranos, los adherentes a la Iglesia del Este y los católicos romanos, calvinistas, anglicanos y ortodoxos: todos iguales reverencian a un solo Dios en Tres Personas, y confiesan a Cristo como Hijo Encarnado de Dios.

Sin embargo, se nos presenta un punto de la doctrina de Dios en Trinidad en la que parecen diferir los de oriente y occidente:

El Filioque

Ya hemos visto qué papel más decisivo jugó este vocablo solitario en la desdichada fragmentación de la cristiandad. Más dado que el Filioque tiene importancia histórica, ¿qué importancia se le puede atribuir desde una perspectiva teológica?

Son muchos los que hoy en día piensan que es una disputa de índole técnica y oscura, y están dispuestos a descartarlo por considerarlo desatinado. Desde el punto de vista de la teología ortodoxa tradicional, no se puede replicar más que de una manera: técnico y oscuro sí que lo es, sin lugar a dudas, como casi todas las cuestiones de la teología trinitaria; pero no es de ningún modo desatinado. Puesto que la creencia en la Trinidad reside en el corazón de la fe cristiana, una pequeña diferencia de la teología Trinitaria puede repercutir en todos los aspectos de la vida y el pensamiento cristianos.

Una esencia en tres personas

Dios es uno y Dios es trino: la Santa Trinidad es un misterio de unidad en la diversidad, y de diversidad en la unidad. Padre, Hijo y Espíritu son ‘uno en esencia’ (homoousios), pero cada uno se diferencia de los otros dos por características personales.

Lo divino es indiviso en sus divisiones. (Gregorio Nacianceno, Discursos, XXXI, 14.)

Porque las personas son

Unidas sin ser confundidas, distintas sin ser divididas. (Juan Damasceno, Sobre la Fe Ortodoxa, i, 8 (P.G. XCIV, 809A)

Tanto la distinción como la unión, parecen paradójicas. (Gregorio Nacianceno, Discursos, XXV, 17.)

La característica distintiva de la primera persona de la Trinidad es su Paternidad: Él es no engendrado, se origina a Sí mismo, proviene de Sí mismo, y no de alguna otra persona.

La característica distintiva de la segunda persona es la Filiación: aunque es igual al Padre y coeterno con Él, fue engendrado, no prescinde de fuente y origen, sino que se origina en el Padre y brota de Él, es engendrado por Él y nace de Él desde toda la eternidad – ‘antes de todos los siglos’, como dice el Credo.

La característica de la tercera persona es la Procesión: al igual que el Hijo, se origina en el Padre y brota de Él; pero tiene relación con el Padre distinta a la del Hijo, porque Él no es engendrado desde toda la eternidad (comoel Hijo) sino que procede del Padre.

En este punto, precisamente, es donde parece haber un desacuerdo entre el enfoque occidental de la Trinidad y el oriental. Según la teología católica romana – como la expresan por ejemplo Agustín de Hippo (360-430) o el Concilio de Florencia (1438-9) – el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo (Filioque). Esta doctrina se conoce como la de la Doble Procesión del Espíritu.

Ahora bien, de vez en cuando los Padres Griegos estuvieron dispuestos a afirmar que el Espíritu procede del Padre a través del Hijo -lenguaje que hallamos particularmente en la obra de San Gregorio de Nyssa- o que procede del Padre y reposa en el Hijo; pero los cristianos de oriente se negaron casi siempre a decir que el Espíritu procede del Hijo.

Pero ¿qué querrá decir el término ‘procede’?

Como no se entienda esto con propiedad, nada será entendido.

La Iglesia cree que Cristo experimentó dos nacimientos, el uno eterno, el otro en una fecha histórica particular: nació del Padre ‘antes de todos los siglos’, y nació de la Virgen María en tiempos de Herodes, rey de Judea, y de Augusto, Emperador de Roma.

Es menester distinguir, asimismo, entre la procesión eterna del Espíritu Santo, y la misión temporal, cuando el Espíritu fue enviado al mundo: el uno atañe a las relaciones que existen desde toda la eternidad dentro de la Divinidad, el otro concierne la relación de Dios con su creación. Por ende que cuando se dice en occidente que el Espíritu procede del Padre y del Hijo, y cuando dicen los ortodoxos que procede solamente del Padre, ambos partidos se refieren no a las acciones externas de la Trinidad con relación a la creación, sino que a determinadas relaciones eternas dentro de la Divinidad -relaciones que existían antes jamás de que existiera el mundo. Pero los ortodoxos, si bien difieren con los de occidente en lo de la eterna procesión del Espíritu, están de acuerdo con ellos en que, cuando de la misión del Espíritu al mundo se trata, es enviado por el Hijo, y es efectivamente ‘el Espíritu del Hijo’.

La postura ortodoxa deriva de San Juan 15:26, donde dice Cristo: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí”.

Cristo envía el Espíritu, pero el Espíritu procede del Padre: así es la enseñanza de la Biblia, y así es la creencia de los ortodoxos. Lo que no enseñan los ortodoxos, y lo que no viene dicho explícitamente en la Biblia, es que el Espíritu proceda del Hijo.

Procesión eterna del Padre y del Hijo: esa es la postura occidental.

Procesión eterna del Espíritu del Padre solamente, y misión temporal del Hijo: esa fue la postura que sostuvo San Fotio contra occidente. Pero los escritores bizantinos de los siglos XIII y XIV -de los que destacamos a Gregorio de Chipre, Patriarca de Constantinopla de 1283 a 1289, y Gregorio Palamás- ampliaron los temas tratados por Fotio, con motivo de cerrar la brecha que separaba oriente de occidente.

Estuvieron dispuestos a admitir no sólo la misión temporal sino una manifestación eterna del Espíritu Santo por el Hijo. Si bien Fotio habló nada más de una relación temporal entre el Hijo y el Espíritu, ellos admitieron una relación eterna. Sin embargo, en cuanto a lo esencial del tema los dos Gregorios concordaban con Fotio: el Espíritu es manifestado por el Hijo, pero no procede del Hijo. El Espíritu deriva Su ser eterno, Su identidad personal, no del Hijo sino del Padre únicamente. El Padre es única fuente, origen y causa de la Divinidad.

Examinemos ahora las objeciones que opusieron los ortodoxos a la doctrina occidental de la Doble Procesión. Entre los ortodoxos de la actualidad, se suele abordar el tema de dos modos un poco distintos.

Los halcones

Es decir los que adoptan actitudes más estrictas sobre el tema del Filioque, siguen el surco de Fotio y de Marco de Éfeso al considerar la doctrina de la Doble Procesión como herejía que tergiversa de modo fatal la doctrina occidental de Dios como Trinidad.

Vladimir Lossky, exponente principal de esta actitud más estricta en nuestros tiempos, arguye que el desequilibrio en la doctrina occidental de la Trinidad produce otro desequilibrio en la doctrina de la Iglesia; a su modo de ver, el Filioque está estrechamente vinculado con la insistencia de los católicos romanos en los derechos papales. Sin embargo, entre los teólogos ortodoxos modernos se hallan también “palomas” que abogan por abordar el problema con mayor indulgencia. Deploran la intercalación del Filioque en el texto del Credo, por haber sido decisión unilateral de los occidentales, pero no piensan que la doctrina latina de la Doble Procesión sea herética en sí. Según el argumento de ellos, la doctrina es algo confusa en la forma en la que viene expresada, y es capaz de extraviar a los demás, pero sí se puede interpretar de manera ortodoxa; por lo tanto, se puede aceptar como theologoumenon, como opinión teológica, pero no como dogma.

Según el grupo más estricto de pensadores ortodoxos, el Filioque nos arrastra o bien al diteismo o al semi-sabelianismo (Sabelio, hereje del siglo II, consideraba al Padre, Hijo y Espíritu Santo no como tres personas distintas, sino como ‘modalidades’ o ‘aspectos’ distintos de la divinidad.) Si tanto el Hijo como el Padre son una arche, principio o fuente de la Divinidad, se preguntan los del grupo más estricto ¿no será que en la Trinidad existen dos fuentes independientes, dos principios separados y aparte? Está claro que no puede ser así la opinión latina, ya que equivaldría a la creencia en dos Dioses, cosa que no propuso jamás cristiano alguno, ni de occidente ni de oriente. Total que incluso los del Concilio de Florencia, siguiéndole a Agustín, precisaron con mucha atención que el Espíritu procede del Padre y del Hijo tamquam ab uno principio, ‘como si de un solo principio’.

Sin embargo, según la opinión del grupo ortodoxo más estricto, al intentar eludir de este modo el cargo del diteismo, los occidentales incurren en otras objeciones igual de graves. Al esquivar una herejía, los occidentales se desvían y caen en otra- evitan el diteismo, pero se funden y confunden las personas del Padre y del Hijo. Los teólogos ortodoxos sostienen la ‘monarquía’ del Padre dentro de la Trinidad: solamente Él es el arche, fuente y origen de la existencia dentro de la Divinidad. Pero en la teología occidental se le asigna esta característica, distintiva del Padre, al Hijo también, fundiendo así a dos personas en una: y ¿qué es eso, si no “Sabelio renacido, o mejor dicho un monstruo semi-sabeliano”, según lo expresa San Fotio?

Examinemos más de cerca el cargo del semi-sabelianismo

Según les parece a muchos ortodoxos, en la teología trinitaria, la doctrina de la Doble Procesión perjudica el equilibrio interno que debe haber entre las tres personas distintivas y la esencia que comparten. ¿Qué es lo que aúna a la Trinidad? Los capadocios, sucedidos por los teólogos ortodoxos posteriores, replican que no hay más que un Dios porque no hay más que un Padre. Las otras dos personas se originan en el Padre y se definen por su relación con Él.

Como fuente única del ser dentro de la Trinidad, el Padre viene a constituir el principio y el fondo de la unidad de la Divinidad entera. Pero una vez que en occidente se le considere al Hijo como fuente del Espíritu, al igual que el Padre, el principio de la unidad se ubicará ya no en la persona del Padre, sino en la esencia compartida por las tres personas. De modo que, según lo perciben muchos ortodoxos, las personas llegan a ser eclipsadas en la teología latina por la esencia o substancia común.

Ahora, según los del grupo ortodoxo estricto, esto lleva a que se despersonalice la doctrina latina de la divinidad. Se le concibe a Dios no en términos concretos o personales sino que como una esencia en la que se diferencian varias relaciones. Aquel estilo de pensar acerca de Dios alcanza su pleno desarrollo en la obra de Santo Tomás de Aquino, quien llega incluso a identificar a las personas con las relaciones: personae sunt ipsae relationes.

A muchos pensadores ortodoxos, esto les parece una concepción muy menguada de lo que es la personalidad. Las relaciones, dirían ellos, no son las personas, sino que las características personales del Padre, Hijo y Espíritu Santo; y (según lo expresa Gregorio Palamás) “las características personales no constituyen a la persona, sino que la caracterizan.” Si bien las relaciones designan a las personas, de ninguna manera dejan exhausto el misterio de cada una.

Al enfatizar tanto la esencia a costa de las personas, poco falta para que la teología escolástica latina convierta a Dios en idea abstracta. Se Le convierte en ser impersonal y remoto, cuya existencia hay que probarla a fuerza de argumentaciones metafísicas – el Dios de los filósofos, más que el Dios de Abraham, Isaac, y Jacob. En la Ortodoxia, sin embargo, no se han molestado los teólogos por buscar pruebas filosóficas de la existencia de Dios: lo importante no es que entablemos debates sobre la divinidad, sino que tengamos un encuentro en vivo y en directo con un Dios concreto y personal.

He aquí, entonces, algunos de los motivos por los que los ortodoxos consideran peligroso y herético al Filioque.

El Filioquismo confunde a las personas, y destroza el buen equilibrio entre la unidad y la diversidad de la Divinidad. Se insiste demasiado en la unidad de la divinidad a costa de Su tripartición; se Le concibe a Dios en términos de esencia abstracta, en demasía, y no en términos de personalidad específica.

Y es más, el grupo de ortodoxos más estrictos piensan que como consecuencia del Filioque, el Espíritu Santo en el pensamiento occidental ha sido subordinado al Hijo -cuando no en la teoría, en la práctica sí. En occidente no se le presta atención suficiente al trabajo del Espíritu en el mundo, en la Iglesia, y en la vida cotidiana de cada persona.

Los comentaristas ortodoxos también arguyen que estas dos consecuencias del Filioque –la subordinación del Espíritu Santo, y una insistencia excesiva en la unidad de Dios- contribuyeron al desvío de la doctrina católica romana de la Iglesia. Al no atender lo suficiente el papel del Espíritu, en occidente se realzó demasiado a la Iglesia como institución de este mundo, gobernada en términos de poder y jurisdicción terrestres. Y al igual que en la doctrina occidental de Dios se enfatizó la unidad a costa de la diversidad, en la concepción occidental de la Iglesia asimismo predomina la unidad sobre la diversidad, por lo que se produce una centralización excesiva y se insiste demasiado en la autoridad papal.

Las Palomas

Pero existen también “palomas” ortodoxas que tienen ciertas reservas acerca de esta crítica del Filioque.

En primer lugar, los lazos tan estrechos que se han detectado entre la doctrina de la Doble Procesión y la doctrina de la Iglesia se han trazado solamente en este siglo. Los escritores anti-latinos del período bizantino no afirman ninguna conexión entre las dos cosas. Si existe relación tan íntegra y evidente entre el Filioque y los derechos papales, ¿cómo es que tardaron tanto en reconocerlo los ortodoxos?

En segundo lugar, no es válido aseverar de manera absoluta y terminante que el principio de la unidad divina para los ortodoxos es personal y para los católicos romanos no; tanto los del occidente latino como los del oriente griego sostienen la doctrina de la ‘monarquía’ del Padre. Es algo complicado.

Al afirmar que el Espíritu procede del Padre y del Hijo, Agustín calificó la afirmación con mucho cuidado, insistiendo que si bien el Espíritu procede del Hijo, no lo hace de la misma manera de la que procede del Padre. Son dos modos de procedencia, distintos. El Espíritu procede del Padre principaliter, “principalmente”, dice Agustín; en cambio, procede del Hijo solamente per donum patris “por don del Padre”. Es decir que la procedencia del Espíritu del Hijo es específicamente algo que el mismo Padre Le confiere a Su Hijo. Así como el Hijo recibe todos Sus dones por donación del Padre, también es el Padre el que Le dona del poder de “espirar” o “exhalar” el Espíritu.

De manera que tanto para Agustín como para los capadocios, el Padre sigue siendo “manantial de la divinidad”, única fuente y origen fundamental dentro de la Trinidad. En conclusión la enseñanza agustina de que el Espíritu procede del Padre y del Hijo -calificado de modo tal que procede del Hijo no “principalmente” sino “por don del Padre”- no difiere tanto de la opinión de Gregorio de Nyssa, en la que el Espíritu procede del Padre a través del Hijo. Cuando el Concilio de Florencia respaldó la doctrina agustina de la Doble Procedencia, recalcó reiterada y explícitamente que la espiración del Espíritu es conferida al Hijo por Dios Padre. El contraste, pues, entre la teología ortodoxa y la romana en cuanto a la “monarquía” del Padre no es tan escueto como lo puede parecer a primera vista.

En tercer lugar, no se debe insistir demasiado en la afirmación que los occidentales despersonalizaron a la Trinidad, y que resaltaron excesivamente la unidad esencial a costa de la diversidad de personas. Sin lugar a dudas, como consecuencia del escolasticismo decadente que vino a prevalecer en el medioevo postrero y en los siglos más recientes, los hay en occidente quienes tratan la Trinidad de manera abstracta y esquemática.

Cabe también admitir que en la época patrística primitiva se destaca una tendencia general entre los latinos occidentales de partir de la unidad de la esencia divina y, de ahí, desenvolverse hacia la trinidad de las personas, a diferencia de los griegos orientales quienes despliegan sus argumentos en sentido contrario, desde la trinidad de las personas hacia la unidad esencial. Más estamos hablando a nivel de tendencias generales, y no de perspectivas diametralmente opuestas e irreconciliables, ni tampoco de herejías específicas.

Si de extremar se trata, el enfoque occidental lleva al modalismo y al Sabelianismo, lo mismo que el enfoque oriental nos puede arrastrar al triteismo. Sin embargo, los pensadores más destacados y representativos, tanto de oriente como de occidente, no extremaron sus posturas. Seria falso alegar que Agustín descuida el carácter personal de la Trinidad, por mucho que vacile en aplicar el vocablo persona a Dios; sin lugar a dudas, hubo teólogos en el occidente medieval, así como Ricardo de St. Victor (fallecido en 1173), quienes afirmaron una doctrina “social” de la Trinidad, elaborada en términos del amor personal y recíproco.

Por todas estas razones, existe hoy día una escuela de teólogos ortodoxos quienes creen que la divergencia entre oriente y occidente acerca del Filioque, por muy importante que sea, no es tan fundamental como lo mantienen Lossky y sus discípulos de él. El concepto católico romano de la persona y de la obra del Espíritu Santo, según las conclusiones de este segundo grupo de teólogos ortodoxos, no difiere básicamente del de los cristianos orientales. De ahí que se da la esperanza de que, mediante los diálogos actuales entre ortodoxos y católicos romanos, se llegará por fin a un acuerdo sobre este tema tan espinoso.

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es traductor de Publicaciones Kerigma. Escribe sobre diversos tópicos como espiritualidad, cristianismo oriental, vida cristiana, entre otros. Es amante de la lectura y la música. Junto a su esposa Erika Vari, reside actualmente San Juan, Argentina.

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