Comentario a Romanos 9 (III)

Comentario a Romanos 9 (III)

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Romanos es considerada el alma teológica del Nuevo Testamento. También considerada su «legado teológico más importante», así como su magnum opus. En ella encontramos un mensaje amplio, teológico, filosófico, práctico, a veces ligero y a veces difícil de digerir. Términos como elección, predestinación, así como menciones a Israel, al pueblo de Dios, a los vasos de ira, vasos de misericordia, a los gentiles, Jacob, Esaú… y pare de contar.

Dentro de la carta a los Romanos, el capítulo 9 es uno de los más discutidos, comentados, y a su vez cuenta con interpretaciones de todo tipo.

Para no ser muy extenso en esta introducción, solo me limitaré a decir que la serie que inicia a continuación constará de varias publicaciones con comentarios al capítulo 9 de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos. Los comentarios estarán basados en algunas obras, y la idea y objetivo de esta serie es llevar a reflexión, análisis, y estudio, NO generar polémica entre aquellos que no estén de acuerdo con lo que aquí está contenido.

NOTA: Leí algunas críticas en la redes sociales a causa de la primera parte y segunda parte de esta serie, les pido que no saquen sus conclusiones aceleradamente. Tengan paciencia y lean, y digieran cada parte que estaré publicando de esta serie. Aquellos que me atacan por tener supuestos prejuicios “anti-calvinistas”, cometer supuestas falacias y de “comenzar con el pie izquierdo”, les pido perdón por no satisfacer sus deseos teológicos.


Ni ha sido injusto. 9:14-29

14 ¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? ¡De ninguna manera! 15 Es un hecho que a Moisés le dice: «Tendré clemencia de quien yo quiera tenerla, y seré compasivo con quien yo quiera serlo.»16 Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano sino de la misericordia de Dios. 17 Porque la Escritura le dice al faraón: «Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra.» 18 Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer.19 Pero tú me dirás: «Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?» 20 Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? «¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?” » 21 ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios? 22 ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción? 23 ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? 24 Ésos somos nosotros, a quienes Dios llamó no sólo de entre los judíos sino también de entre los gentiles. 25 Así lo dice Dios en el libro de Oseas: «Llamaré “mi pueblo” a los que no son mi pueblo; y llamaré “mi amada” a la que no es mi amada», 26 «Y sucederá que en el mismo lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, serán llamados “hijos del Dios viviente”.» 27 Isaías, por su parte, proclama respecto de Israel: «Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, sólo el remanente será salvo; 28 porque plenamente y sin demora el Señor cumplirá su sentencia en la tierra.» 29 Así había dicho Isaías: «Si el Señor Todopoderoso no nos hubiera dejado descendientes, seríamos ya como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra.»

San Pablo sigue defendiendo la conducta o proceder de Dios en sus planes de salvación, y comienza formulando explícitamente la dificultad que parece seguirse de lo que acaba de decir: «¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto?» (v. 14).

En efecto, si conforme a lo anteriormente expuesto (v. 11-13), Dios elige arbitrariamente a unos y rechaza a otros, antes incluso de que vengan a la existencia y, consiguientemente, de todo mérito o demérito, ¿dónde queda su justicia? La objeción parece realmente grave.

Pablo, después de rechazarla como blasfema con un tajante: «¡De ninguna manera!» (v.14), en vez de atenuar su fuerza, tratando de matizar en qué sentido ha de entenderse esa elección o reprobación por parte de Dios, recalca con redoblada energía la misma idea que motivó la dificultad, insistiendo nuevamente en el dominio libre e independiente de Dios para distribuir sus dones como y a quien quiere. Como prueba cita dos textos del Éxodo, uno relativo a Moisés (v.15; cf. Exodo 33:19) y otro al Faraón (v.17; cf. Exodo 9:16), personajes en total contraste entre sí, dócil uno y rebelde el otro, pero ambos instrumentos en manos de Dios, que se sirve de ellos en orden a sus planes.

La misión de Moisés, libremente elegido por Dios, como antes lo habían sido Isaac y Jacob, fue la de liberar a Israel, el pueblo de las promesas, conduciéndolo a la tierra prometida; frente a él, oponiéndose a ese plan, se alza la figura del Faraón, quien con su rebeldía, no hace sino contribuir, aunque sin intentarlo, al mayor esplendor de ese plan de liberación, que hubo de ir acompañado de manifestaciones extraordinarias del poder de Dios.

En ese sentido puede decirse que Dios «endurecía» el corazón del Faraón (cf. Exodo 4:21; 7:3; 9:12; 10:1; 14:8); no que intentara directamente «endurecerle», pues Dios no puede querer el mal, sino que, aunque era el propio Faraón quien «se endurecía» a sí mismo (cf. Exodo 7:13-14; 8:15). Dios no sólo había previsto ese endurecimiento que iban a ocasionar sus prodigios, sino que también había provisto el enmarcarlo en sus planes para hacer mayor ostentación de su poder y especial providencia hacia Israel.

Es así como sucedía con el «endurecimiento» del Faraón. Como se ve, no se alude aquí, directamente al menos, a la suerte eterna del Faraón, así como tampoco a la de Moisés en el texto anterior.

De estos dos textos del Éxodo alusivos a la conducta de Dios con Moisés y Faraón deduce San Pablo un principio general: «Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano sino de la misericordia de Dios…, que tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer» (v.16, 18).

Las expresiones, que tienden resaltar la soberanía e independencia de Dios en la distribución de sus dones, pudieran ser interpretadas falsamente, como si la libertad humana no contara para nada en el negocio de la salvación. Y, evidentemente, no es ésa la intención de Pablo. Ello se opondría a otros muchos textos (cf. 5:18; 2 Corintios 5:14; 1 Timoteo 2:4), así como a sus incesantes recomendaciones a que vivamos vigilantes (cf. 2:4-6; 8:13; 12:1-2) y a lo que dice de sí mismo: «… corriendo ansiosamente» hacia la meta de la gloria eterna (Filipenses 3:12-14). Con todo, así parece interpretarlas el supuesto interlocutor del v. 19: «Si todo depende de Dios y nadie le puede resistir, ¿por qué reprende al pecador?»

Esta objeción refuerza la del v.14, entrando aún más al vivo en el misterio de la distribución de las gracias o favores divinos. Pablo, como si fuera poco lo anterior, por toda contestación, de nuevo vuelve a insistir en la misma idea de soberanía e independencia de Dios, valiéndose de la imagen del alfarero, que de la misma masa hace vasijas para usos nobles y vasijas para usos sórdidos, sin que éstas tengan por qué pedirle cuentas (v. 20-21).

Quizás este símil del alfarero, por lo demás bastante corriente en la Biblia (cf. Isaías 29:16; 45:9; Jeremías 18:2-6), tenga su origen en la antigua narración de la creación del hombre, formado del barro de la tierra (cf. Génesis 2:7). Como quiera que sea, ela analogía no debe urgirse demasiado, pues en el caso de la arcilla se trata de materia inanimada e irresponsable, no así en el caso del hombre: ser inteligente y libre.

Sería totalmente ajeno al pensamiento de San Pablo, tal como aparece en sus cartas, presentar al hombre como materia inerte e inconsciente manejada mecánicamente por Dios. El mismo Apóstol nos dice a continuación (v. 22-24), bajo la impresión aún de la imagen del alfarero, que a los vasos de misericordia Dios «los preparó para la gloria», mientras que a los vasos de ira «soportó con mucha paciencia».

Lo que ahora interesa es señalar la terminología tan diferente que usa el Apóstol al hablar de la actitud de Dios con los «vasos de misericordia» y con los «vasos de ira». Esa diferencia de terminología es muy significativa. Ella nos da a entender que la acción de Dios con los «vasos de misericordia» es puro beneficio que se debe a su iniciativa, mientras que su acción con los «vasos de ira» supone en éstos algo que no se debe a su iniciativa, puesto que incluso le desagrada. No puede, pues, aplicarse sin más al caso de Dios la imagen del alfarero, quien libremente dispone de la masa para fabricar vasos con uno u otro uso, sin que tenga sentido la palabra «soportar» respecto de los fabricados para usos viles, puesto que todo ha dependido única y exclusivamente de él. No así en el caso de Dios.

Lo que el Apóstol pretende con esa analogía es tapar la boca al supuesto contradictor, señalando que el hombre, simple criatura, obra de las manos de Dios, debe acatar llanamente sus disposiciones como sabias y acertadas, aunque no las comprenda (cf. 11:33-36).

Una segunda cuestión es la de qué entendía el Apóstol bajo esas expresiones de «vasos de ira» y «vasos de misericordia». La cuestión es importante, dada la frecuencia con que suelen citarse estos textos en nuestros tratados de teología, al hablar de la predestinación y de la gracia eficaz. Pues bien, parece claro, atendido el contexto, que bajo la expresión «vasos de ira» (v. 22) el Apóstol está aludiendo a los judíos incrédulos, en contraposición a los «vasos de misericordia » o pueblo cristiano, compuesto de judíos y gentiles (v. 23-24).

A esos judíos incrédulos, que no han querido aceptar el Evangelio, Dios los «ha soportado con mucha paciencia», es decir, aunque «destinados a la perdición» (expresión que indica simplemente el hecho, sin especificar quién los ha puesto en ese estado. Sin embargo, debemos concluir que ciertamente no ha sido Dios, como pediría una aplicación estricta de la imagen del alfarero, pues en ese caso no tendría sentido lo de que «los soportó con mucha paciencia». Deben, pues, haber sido ellos mismos, con sus pecados, los que «se han preparado para la perdición», como el mismo San Pablo concretará en el capítulo 10, al afirmar que si muchos judíos han quedado fuera del Evangelio, es únicamente por su culpa, pues no quisieron aceptar la salvación que se les ofrecía), no los ha castigado en seguida cual merecían, «queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder» (v. 22).

Notemos esta última frase, que recuerda la actitud de Dios con el Faraón (v.17-18), y con la que el Apóstol trata de dar a entender que, lo mismo que entonces, también ahora sobre los judíos incrédulos Dios «manifiesta su ira», dejándoles ir de pecado en pecado (cf. 1:18-3:20), para «dar a conocer su poder» triunfando de los obstáculos que oponían a la difusión del Evangelio y haciendo contribuir su misma incredulidad al mayor esplendor de sus planes de salvación. Esos planes quedan insinuados en los v. 23-24, y más claramente luego en 11:11-26. No se trata, pues, como ha sido corriente interpretar estos textos, de la «manifestación de la ira y poder de Dios» en tiempo futuro, con los tormentos del infierno, sino de una manifestación que Dios estaba ya realizando entonces y precisamente en orden a sus planes de salvación, exactamente igual que había hecho en el caso del Faraón.

Vistas las cosas desde esta perspectiva, la dificultad que algunas expresiones de este pasaje parecían ofrecer contra la justicia de Dios y su voluntad salvífica pierden mucho de su fuerza, pues San Pablo no se refiere directamente a la salvación o condenación de los individuos, sino al papel que Dios asigna a unos y otros en la historia de la salvación.

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es traductor de Publicaciones Kerigma. Escribe sobre diversos tópicos como espiritualidad, cristianismo oriental, vida cristiana, entre otros. Es amante de la lectura y la música. Junto a su esposa Erika Vari, reside actualmente San Juan, Argentina.

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