Comentario a Romanos 9 (II)

Comentario a Romanos 9 (II)

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Romanos es considerada el alma teológica del Nuevo Testamento. También considerada su «legado teológico más importante», así como su magnum opus. En ella encontramos un mensaje amplio, teológico, filosófico, práctico, a veces ligero y a veces difícil de digerir. Términos como elección, predestinación, así como menciones a Israel, al pueblo de Dios, a los vasos de ira, vasos de misericordia, a los gentiles, Jacob, Esaú… y pare de contar.

Dentro de la carta a los Romanos, el capítulo 9 es uno de los más discutidos, comentados, y a su vez cuenta con interpretaciones de todo tipo.

Para no ser muy extenso en esta introducción, solo me limitaré a decir que la serie que inicia a continuación constará de varias publicaciones con comentarios al capítulo 9 de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos. Los comentarios estarán basados en algunas obras, y la idea y objetivo de esta serie es llevar a reflexión, análisis, y estudio, NO generar polémica entre aquellos que no estén de acuerdo con lo que aquí está contenido.


La salud mesiánica y el pueblo de Israel. 9:1-5

Digo la verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me lo confirma en el Espíritu Santo. Me invade una gran tristeza y me embarga un continuo dolor. Desearía yo mismo ser maldecido y separado de Cristo por el bien de mis hermanos, los de mi propia raza, el pueblo de Israel. De ellos son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos, la ley, y el privilegio de adorar a Dios y contar con sus promesas. De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén.

San Pablo comienza a aquí a tratar el gravísimo -y para él torturante- problema de la incredulidad judía. La relación con lo anterior es por antítesis: ante el hecho confortante de la esperanza cristiana (Capítulos 5-8), ¿cuál es la situación de los israelitas, el pueblo de la elección y de las promesas divinas? Su incredulidad casi general no puede menos de desconcertar.

¿Qué se ha hecho de aquella elección y de aquellas promesas ? ¿Es que han fracasado los planes de Dios ? Si así es, tampoco los cristianos podemos estar muy seguros.

La respuesta a estas preguntas ocupará los capítulos 9-11. Ante todo, después de una especie de introducción (9:1-5), Pablo deja bien sentado que en nada quedan comprometidas su fidelidad y su justicia (9:6-29). A continuación, fijando su vista más directamente en los judíos, hace recaer sobre ellos la culpa de haber quedado fuera del Evangelio, pues no quisieron admitir la salvación que Dios les ofrecía (9:30-10:21).

Por fin, va aún más lejos y da la solución completa, diciendo que esta incredulidad, por lo demás sólo parcial, no es definitiva, sino sólo temporal, utilizada por Dios en orden a facilitar la salvación de los gentiles, concluyendo con un canto de admiración y rendido homenaje a sus «insondables juicios e inescrutables caminos» (11:1-36). Tal es el esquema de la respuesta del Apóstol al problema de la incredulidad judía.

Es posible que por aquellas fechas este hecho de la incredulidad judía fuese tema de las conversaciones diarias (cf. 11:17), como lo fueron otros posteriormente en tiempos de determinadas herejías, y que ello indujese al Apóstol a tratarlo con tanta amplitud en su carta; mas, sea de ello lo que fuere, lo cierto es que en su respuesta nos ha dejado una de las páginas más interesantes de sus escritos, con principios de altísima teología sobre los planes providenciales divinos en orden a la salvación de los hombres.

Una cosa, sin embargo, es muy de notar. No olvidemos nunca que San Pablo está tratando de responder al problema concreto de la incredulidad judía, y que más que de individuos aislados habla de pueblos, no refiriéndose, directamente al menos, a la salvación o condenación eterna de nadie, sino más bien al papel histórico que Dios ha asignado a Israel en los planes de salvación. Sería, pues, un gravísimo abuso, y de fatales consecuencias, aplicar sin más a los abstrusos problemas de predestinación y reprobación, como los tratan los teólogos, algunas de las expresiones que aquí emplea el Apóstol.

Claro es que eso no quiere decir que la doctrina del Apóstol no pueda iluminar esos problemas, y que no podamos citar esos textos; podremos hacerlo, pero teniendo bien en cuenta que él se refiere directamente a otro orden de cosas y que es necesario fijar con precisión de antemano lo que realmente en ese contexto enseña.

Por lo que se refiere a esta primera perícopa (v. 1-5), comienza el Apóstol haciendo notar su gran tristeza ante el hecho de la incredulidad judía (v. 1-2). Es, sin que eso quite nada a su realidad, unacaptatio benevolentiae, deshaciendo la idea tan extendida contra él de considerarle como enemigo del pueblo judío (cf. Hechos 21:28). Su amor a sus compatriotas es tal, que estaría dispuesto a sufrir cualquier mal, incluso el más extremo, por.el bien de ellos. Eso indica con la expresión: «Desearía yo mismo ser maldecido y separado de Cristo por el bien de mis hermanos», expresión que no debe tomarse demasiado a la letra, sino como modo enfático de hablar para indicar el interés extremo que siente por ellos.

Expresión parecida la usa también en Gal 1:8. El término «anatema» lo usa varias veces el Apóstol y siempre en el sentido de objeto ofrendado a Dios para ser destruido como cosa maldita (1 Corintios 12:3; 16:22; Gálatas 1:8; cf. Levítico 27:28-29; Jeremías 6:17).

A continuación enumera Pablo las grandes prerrogativas de Israel, que lo distinguen de todos los otros pueblos: «De ellos son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos…» (v.4-5).

En efecto, de entre todos los pueblos Dios eligió a Israel como pueblo suyo (cf. Exodo 4:22; Deuteronomio 14:1; Jeremías 31:9; Oseas 11:1), en medio del cual se hacía presente su «gloria» (cf. Exodo 40:34; 1 Reyes 8:10-11; Salmo 26:8); con él pactó varias veces (cf. Génesis 15:18; Exodo 2:24; 19:5; 24:7; Salmo 89:4), y le dio una Ley (cf. Deuteronomio 4:1) y un culto (cf. Deuteronomio 12:1), y le hizo depositario de las promesas mesiánicas (cf. Romanos 4:13; Gálatas 3:17); a él pertenecen los patriarcas, grandes amigos de Dios (cf. Exodo 3:6), y, sobre todo, de él procede Jesucristo en cuanto hombre, gloria máxima de Israel, que nadie le podrá arrebatar.

Hablando de Jesucristo, San Pablo le llama expresamente «Dios», siendo éste uno de los testimonios bíblicos más claros y categóricos de su divinidad.

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es traductor de Publicaciones Kerigma. Escribe sobre diversos tópicos como espiritualidad, cristianismo oriental, vida cristiana, entre otros. Es amante de la lectura y la música. Junto a su esposa Erika Vari, reside actualmente San Juan, Argentina.

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