Carácter espiritual de la teología

Carácter espiritual de la teología

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¿El carácter espiritual de la teología?

Si la teología es una tarea espiritual, ¿no podría seguir el mismo patrón que la vida espiritual? ¿No puede la ceguera espiritual, el pecado, la rebelión, así como la luz, la fidelidad y la comunión con Dios marcar el carácter de una teología? ¿Y puede la madurez espiritual ser un factor en la forma en que presentamos el conocimiento teológico? ¿Es la plenitud de la ortodoxia sólo algo para ser enseñado a los “maduros” (1 Corintios 2: 6)?

El amor a la novedad, por ejemplo, puede ser un signo de orgullo e inmadurez, impidiendo que se acepten las verdades de la fe cristiana en favor de algo más nuevo y más atractivo. Por ejemplo, los santos Padres siempre afirmaron la antigüedad de su mensaje contra las innovaciones de los herejes.

Tal vez, entonces, el desarrollo de la teología de nosotros sigue algo así como el modelo clásico del progreso espiritual en tres etapas, aunque estas no son tres etapas discretas. Mientras que la distinción entre estos niveles tiene un valor de descubrimiento importante, en la realidad –quizá desordenada– de la vida, tales niveles podrían no reemplazar unos a otros, sino más bien mezclarse en un todo.

Comienza con la etapa purgativa, la etapa del arrepentimiento, del volverse del pecado y renunciar al mundo. Nuestras comprensiones de Dios, nuestra tendencia persistente (incluso conceptual)  a la  idolatría y nuestro pensamiento materialista necesitan ser controlados.

Agustín destaca este último cuando escribe de la persona que “sólo puede pensar en las masas y espacios, pequeños o grandes, con imágenes de cuerpos volando en su mente como fantasmas” al pensar en el Dios inmaterial.

La segunda etapa es la iluminativa. Se caracteriza por una especie de habituarse al amor, centrándose menos en la renuncia al mundo y más bien en el crecimiento e imitación de una manera más que extrínseca de la vida de Cristo.

La etapa iluminativa es una profundización progresiva, de una comunión con Dios en la que se nos muestran nuevas verdades, o más bien las verdades antiguas de Jesucristo pero bañadas en una luz siempre nueva. Esto puede corresponder a la comprensión cada vez más profunda de la revelación de Dios que, como un prisma, arroja luz en todas direcciones e invita a nuevas reflexiones. Como escribe von Balthasar, la tarea de la teología “a lo largo de los milenios” ha sido “el entendimiento, en formas siempre nuevas y diferentes, del mismo amor de Dios en Cristo”.

La etapa final es la unitiva. En este caso, dependiendo de la teología de cada persona. En pocas ocasiones a experiencias espirituales profundas en las que la presencia de Dios es tan íntima, tan plena que la distinción entre Dios y yo parece desaparecer por completo.

Thomas Merton lo describe diciendo que “Si un hombre que había sido vindicado, liberado, lleno y destruido pudiera pensar y hablar en absoluto, ciertamente nunca sería pensar y hablar de sí mismo como algo separado o como sujeto de una experiencia”. Y aquí está el intrigante pellizco de la teología: cuando uno de los más grandes teólogos en Occidente, Santo Tomás de Aquino, tuvo tal experiencia, dejó de escribir teología. Porque afirmó: “Todo lo que he escrito me parece mucho más pasto, comparado con lo que he visto”.

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es traductor de Publicaciones Kerigma. Escribe sobre diversos tópicos como espiritualidad, cristianismo oriental, vida cristiana, entre otros. Es amante de la lectura y la música. Junto a su esposa Erika Vari, reside actualmente San Juan, Argentina.

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