Almas reducidas al consumo

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Almas reducidas al consumo

Cada persona es una criatura única hecha a la imagen de Dios. No importa qué otro significado pueda tener esta frase, ella expresa sentido de enorme dignidad y auténtica relación.

Alma es la palabra que usamos para identificar esto. Es el término más personal que tenemos para quiénes somos.

Alma en hebreo es una metáfora (nephesh), la palabra para cuello. Entonces, el alma, mantiene todo unido. La persona humana es una vasta totalidad; el alma la nombra como tal.

Cuando decimos “alma” estamos tratando de atraer la atención a los orígenes, intenciones y operaciones de Dios que nos hacer ser lo que somos. Es quizá el término más exhaustivo y personal para describir quiénes somos.

Pero en nuestra cultura actual, el “alma” le ha cedido para al “yo” como el término elegido para designar quiénes y qué somos.

El yo, es el alma menos Dios. (Yo = Alma – Dios)

El yo es lo que queda del alma cuando se le extrae toda su trascendencia e intimidad, el yo con poca o ninguna alusión a Dios (trascendencia) o a los demás (intimidad).

“Alma” es una palabra en la que reverberan las relaciones: relaciones con Dios, relaciones humanas y relaciones con la Tierra.

“Yo”, tanto en el habla común como en el discurso científico es sobre todo un término aislante: el individuo.

“Alma” penetra por debajo de las apariencias y experiencias de la superficie y afirma una calidez, una afinidad con quién sea o qué sea que esté delante.

Vivimos en una cultura que ha reemplazado el alma con el yo. Esta reducción hace que la gente se convierta en un problema o en consumidores. En la medida en que nos conformamos con ese reemplazo, retrocedemos de manera gradual pero segura en nuestra identidad, porque terminamos en nosotros mismos y tratando a los demás en términos de mercado: toda persona que conozcamos es un recluta potencial que podría unirse a nuestra empresa o en un consumidor potencial que podría comprar lo que vendemos; o nosotros mismos somos los potenciales reclutas y consumidores.

Ni nosotros ni nuestros amigos tenemos ninguna dignidad tal como somos, sino sólo en términos de cómo se nos puede usar.

Hoy en día se utilizan dos palabras que son el síntoma de la reducción del alma al yo en nuestra sociedad.

La primera es “recurso”

La utilizamos comúnmente para denominar a las personas que nos pueden ayudar en nuestro trabajo. Todavía hoy recuerdo cuando la escuché por primera vez hace unos años en la boca de un predicador refiriéndose a los miembros de su iglesia.

Pero “recurso” identifica a una persona como algo que podemos usar.

No existe nada personal al respecto: es una cosa, una función. Si usamos la palabra lo suficiente, esta comienza a cambiar la manera en que percibimos a los demás. Comenzó inocentemente como una metáfora y, como tal, pienso que resulta útil. Pero cuando se convierte en lo habitual, socava nuestra capacidad de percibir al otro como un alma: alguien esencialmente relacional y dimensionado por Dios.

Y la otra palabra es “disfuncional”

Es alarmante con qué frecuencia se alude a la gente como disfuncional: familias disfuncionales, comités y congregaciones disfuncionales, líderes disfuncionales, relaciones disfuncionales y políticos disfuncionales. Pero disfuncional no es una palabra personal, es mecánica.

Las máquinas son disfuncionales pero no las almas; las bicicletas son disfuncionales pero no los niños; las bombas de agua son disfuncionales pero no los cónyuges. El uso constante e irreflexivo de la palabra erosiona nuestro sentido del valor y dignidad inherente de la gente que conocemos y con la que trabajamos, aunque sean un desastre.

Tenemos que tener mucho cuidado con las palabras que usamos, pues comenzamos usándolas y ellas terminan usándonos a nosotros. Lamentablemente, terminando tratando con la superficie, las funciones y los roles.

“Consumidor” es un término global que expresa la manera en que se nos observa. Desde una temprana edad se nos contempla como individuos que podemos comprar o desempeñarnos o usar. Los anunciadores comienzan a tenernos como objetivos en esos términos desde el momento es que adquirimos la capacidad de escoger un cereal para el desayuno, por ejemplo.

Para los que crecimos en el mundo occidental, y con la gran influencia de la cultura norteamericana, es inevitable que adquiramos de manera inconsciente esta manera de percibir todo lo que encontramos. Las demás personas son compradores potenciales de lo que yo vendo, los alumnos de lo que yo enseño, los reclutas de lo que yo hago, los votantes de lo que yo propongo, los recursos de lo que yo construyo o fabrico, los clientes de los servicios que yo ofrezco. O, para revertir los elementos, yo me identifico a mí mismo como el comprador, alumno, recluta, recurso, cliente potencial.

Pero, sea como sea, es consumismo.

En cierto sentido, yo no tengo quejas. Necesito cosas, otras personas ofrecen lo que yo necesito; estoy contento de poder pagar y sacar ventaja de lo que se ofrece, ya sea comida, ropa, información, ayuda médica o legal, etc.

Excepto

Excepto que no deseo ser sólo un consumidor. Ni siquiera deseo ser predominantemente un consumidor. El ser reducido a un consumidor es dejar fuera lo que yo soy, lo que me hace ser yo.

Que me traten como un consumidor es que me reduzcan a ser algo que usan los demás o que me reduzcan a convertirme en un producto para el uso ajeno. No hace diferencia que el uso sea para una causa generosa o egoísta, es reducción. El consumismo generalizado trae como resultado una extensa despersonalización. Y cada vez que entra la despersonalización, se escurre la vida.

Pero las almas no son coladores, las almas rebosan de vida.

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About Jorge Ostos

Jorge es escritor y pensador religioso. Ha publicado dos libros: «Eskhatos» (2016) y «Más Humano, Más Espiritual» (2017). Es traductor de Publicaciones Kerigma. Escribe sobre diversos tópicos como espiritualidad, cristianismo oriental, vida cristiana, entre otros. Es amante de la lectura y la música. Junto a su esposa Erika Vari, reside actualmente San Juan, Argentina.

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